domingo, 1 de agosto de 2010

Crónicas Parisinas #7

Finalmente, tras varios intentos infructuosos por problemas de horario, hace dos semanas fui a Le Chantier.

Me habían hablado mucho de esa milonga de las afueras de París (Montreuil) que abre los sábados, la única que cierra a las 7 de la mañana (la mayoría cierra a las 2, máximo a las 3 de la mañana).

Nunca antes había podido ir porque queda un poquito lejos, y el metro (subte) deja de funcionar a las 2 de la mañana. Regresar más tarde era entonces una complicación, había que tomar un taxi, y tomar un taxi en París es un lujo que no me puedo dar.

Además, me habían contado que Le Chantier se pone bueno precisamente después de las 2 de la mañana, cuando la gente sale de El Colectivo. Por lo tanto, irme antes de esa hora no era una muy buena idea.

El tema es que este año instalaron estaciones de Velib, este sistema de alquiler de bicicletas, a unos 400 metros de la práctica. Con lo cual, ya no está el temor de perderse el último subte, y uno se puede quedar hasta la hora que mejor le parezca, sin estar obligado tampoco a quedarse hasta el primer subte a las 6 de la mañana. Claro que tiene que haber bicis disponible a la hora en que nos queremos ir...

Así que el sábado pasado, me subí a una bici de alquiler y llegué al lugar a la una de la mañana. Efectivamente, no había mucha gente. En un primer momento, como siempre, me puse a mirar la pista. Rápidamente, me sacaron varios hombres. Decidí aceptar las dos primeras invitaciones. Me aburrí soberanamente.

No estaba Sylvain, el chico que había conocido en Milonga Florida. A las 2 y media de la mañana, empezó a caer más gente. Me puse entonces a mirar la pista con más detenimiento, rechazando esta vez las invitaciones para poder concentrarme en mi observación (sí, sí, siempre con una gran sonrisa, ahora agregué "es muy amable" o mi "no, muchas gracias"). Y ahí, en el medio de la muchedumbre, encontré a un chico que parecía tener un lindo abrazo, buena musicalidad, pisada elegante.

Esperé a que terminara de bailar. Cuando se sentó me ubiqué estratégicamente al lado suyo y esperé unos tangos a que descansara, porque estaba visiblemente exhausto. Recé por que nadie lo sacara (en París las mujeres sacan muchísimo más que en Argentina), y rechacé todas las otras invitaciones. Claro que los hombres rechazados me miraban con cara de culo, pero ¿qué le vamos a hacer? Querer bailar con alguien en particular es una de las múltiples y válidas razones por las cuales las mujeres podemos decir que no. Y las mujeres tenemos tanto derecho como los hombres a seleccionar, descartar, elegir. Si no se bancan un "no", que estos hombres se limiten a cabecear (lo lamento, pero me pone furiosa que algunos hombres no acepten un "no" de una mujer, dice mucho de esas personas).

Finalmente, cuando empieza una nueva tanda, invito a bailar a ese chico. Vacila, me dice: "A ver, no sé si esa tanda me gusta". Lo cual me impresionó mucho, porque los franceses en general no tienen ese tipo de contemplaciones: bailan cualquier tanda sin preferencias ni discriminación.

Finalmente, François aceptó mi invitación y empezamos a bailar. Después de mi excelente experiencia con Sylvain, tuve mi segunda revelación parisina. Un baile tranquilo, con conexión, musical. Nada estrambótico, simplemente el placer del baile. Bailamos tres tandas, incluida una de milonga, las tres con la misma satisfacción

Quería quedarme hasta las 4h30 de la mañana, hora en la que los organizadores de esta milonga, que existe desde hace más de diez años, ofrecen gratuitamente un desayuno (se coloca comida y café en una gran mesa y todos están invitados a servirse libremente), pero por cuestiones laborales, nuevamente, me fue imposible quedarme tan tarde. Una pena. Me habría gustado conocer el ambiente hasta el final, a las 7 de la mañana. Otro sábado, tal vez.

La verdad, me gustó el ambiente de Le Chantier. Se nota que sus organizadores lo hacen por gusto, seleccionan a sus DJs, pasan buena música, y se llena todos los sábados a pesar de quedar en las afueras de París. Una de las musicalizadoras tiene la excelente idea de colocar cartelitos anunciando la tanda siguiente con el nombre de la orquesta. Otro cartel reza: "La DJ también baila"...

Eso sí: a Le Chantier van todas las estrellitas del tango parisino, parece que es EL lugar en el que mostrarse, hacer publicidad, entregar tarjetas, y ver quién baila más alocadamente. Fue un milagro encontrar parejas que privilegiaran el tango tradicional, porque el lugar es el antro del tango nuevo. Allí bailó Chicho varias veces, y parece que todos y todas quieren hacer como él... sin tener un ápice de su talento.

51, rue Edouard Vaillant - Montreuil
Los sábados de 21h30 a 7h
Tel: 06 23 89 10 47
Cómo llegar: Metro Croix de Chavaux (línea 9), Noctambus N16 et N34
Contacto: chantier51@hotmail.fr

sábado, 24 de julio de 2010

Les Quais de Seine, "oficialmente" cerrados

Resulta que a veces, parecería que estoy en Buenos Aires, a pesar de encontrarme en París.

El otro día me contaron que la práctica de los Quais de Seine, que se organiza normalmente todas las noches de verano en un romántico y magnífico lugar del borde del Sena, no había recibido la autorización de la municipalidad de París para abrir este año. Pero que igualmente se organizaban "prácticas salvajes", con un material de sonido improvisado. Y no solamente de tango, claro, porque en ese lugar, que es una sucesión de pequeños anfiteatros que dan sobre el Sena, se organizan también bailes de salsa, de danzas folclóricas, de rock, de vals, además de tango.

¿Las razones para no autorizarla este año? No se sabe muy bien. Quejas de los vecinos con el ruido, guerra entre la municipalidad y la prefectura, ausencia de baños públicos (algo que la municipalidad debería encargarse de colocar) o intenciones ocultas de instalar algo que sea pago, en lugar de actividades totalmente gratuitas al servicio de la comunidad...

Peor aún: hace unos días, parece que la policía llegó y ordenó que las prácticas ilegales cesaran y prohibieron seguir tocando a los músicos. Cosa que, por supuesto, no acataron. Al día siguiente todos los anfiteatros estaban nuevamente repletos, con el peligro, eso sí, de que caiga de nuevo la policía.

Se trata de un lugar de acceso gratis al baile, a la diversión sana, a la cultura de muchos lugares del mundo. Gente aislada, al margen de la sociedad que, de otra manera, se quedaría sola en su casa deprimiéndose, puede salir a escuchar música, bailar, mezclarse con otras personas. Para algunos, se trata del único vínculo social que les queda.

Y la municipalidad, o la prefectura, no sé muy bien, porque ambos son competentes en ese lugar, lo quiere prohibir... Quién los entiende... Después hablan de favorcer los lazos sociales con la cultura popular...

Me recuerda lo que pasa con la Milonga del Indio en la plaza Dorrego de San Telmo.

El tema es que la otra noche di una vuelta por ahí para ver cómo era eso de la milonga salvaje. Me imaginaba un minúsculo equipo de música, dos o tres parejas bailando rapidito para que no los vea la policía, con cara de "yo no fui".

Resulta que esa práctica "off" funciona exactamente de la misma manera que cuando tiene la autorización de hacerlo. El sonido, es cierto, es malo, pero siempre fue así. La música, es cierto, es malísima (por Dios, ¿no era una práctica de tango? ¡Ni un solo tango en toda la noche!), pero siempre fue así. La gente, es cierto, baila muy mal, pero siempre fue así...

Una anécdota curiosa es que el domingo por la tarde, ante la mediocridad absoluta de la música que pasaba uno de los que generalmente organiza la práctica, un grupo hizo una escisión, se instaló en el anfiteatro de al lado que estaba vacío, instaló un mini-equipo de sonido, puso tango de verdad, y la gente empezó a bailar. Rápidamente, ese anfiteatro se llenó más que el otro. Lo cual demuestra que cuando le ponen calidad, la gente sabe apreciarlo.

Es una pena que los organizadores de la práctica de tango sean tan, pero tan, pero tan malos. No saben nada de tango, y se atreven a dar clases y pasar música... que de tango no tiene absolutamente nada. Es tan mala la cosa que me contaron que un día vino Gabito, se quedó cinco minutos, y al rato se fue diciendo: "No, no puedo ver eso".

Lo cual es realmente desastroso, porque el hecho de que se escuche y se baile tango en ese lugar debería, al contrario, llenar a cualquier argentino de un inmenso orgullo. Pero hay que reconocer que ni lo que se escucha ni lo que se baila ahí, por lo general, es tango.

¿Por qué está esa gente y no otros que sepan de tango? No lo sé, calculo que llegaron primeros. Y como el lugar es gratis, durante todo el verano en que funciona la cosa los organizadores reparten tarjetas entre los curiosos, promocionan sus cursos, y llenan así sus clases del resto del año. Me imagino que por nada en el mundo querrían ceder ese espacio.

Una lástima, porque el lugar es increíble, y si se escuchara y se bailara tango de verdad, sería aún más increíble...

Para firmar la petición para que se autoricen esos bailes nocturnos, pueden copiar el texto que encontrarán aquí y enviarlo con sus nombres y direcciones a folk.seine@gmail.com.

martes, 20 de julio de 2010

Placeres milongueros

El otro día un amigo milonguero me dijo, mientras estábamos mirando la pista y criticando ácidamente a unos y otros:

"El 50% del placer de la milonga es poder decir maldades de la gente".

Y es así.

Definitivamente la milonga es cruel.

jueves, 15 de julio de 2010

Tango Queer, milonga gay

Hoy, 15 de julio de 2010, el Senado convirtió a Argentina en el primer país latinoamericano en permitir el casamiento entre personas del mismo sexo. Para festejar esta gran noticia, publico hoy esta entrada que iba a publicar un poco más tarde.



Primer postulado: el ambiente del tango, así como la sociedad argentina, son machistas.

¿Por qué? Bueno, ya lo expliqué en otra entrada. Básicamente, el hecho de que se trate de un varón que decide, guía, ordena, y de una mujer que se deja llevar y no tiene prácticamente ninguna iniciativa (excepto cuando el varón tiene la inmensa bondad de dejarle dos segundos de libertad) se adecua bastante con el concepto de machismo.

Segundo postulado: el tango es cuestión de conexión entre dos personas, de sentimiento, de contacto, de seducción.

Creo que estamos todos de acuerdo.

Tercer postulado: excepto para algunas personas retrógradas e incorregiblemente machistas y homofóbicas, sabemos que la conexión, el sentimiento, el contacto, la seducción, se pueden dar perfectamente entre dos personas del mismo sexo.

Conclusión: como el ambiente del tango es machista, algunas personas que no se identificaban con ese machismo pero sí querían bailar tango sin que los echaran a codazos de la pista (como ocurre en muchas milongas tradicionales, cuando no les piden lisa y llanamiente retirarse) han decidido abrir sus propios lugares de baile, en los que hombres pueden bailar con hombres, mujeres con mujeres, o se pueden intercambiar los roles sin herir la susceptibilidad de nadie.

Claro que esto tiene más que ver con un apartheid que con otra cosa. Lo ideal sería la tolerancia y la aceptación mutuas. Creo que faltan unos cuantos siglos para que esto suceda. Hay que ver las dificultades que hay para que la sociedad acepte el matrimonio de personas del mismo sexo.

En fin, de lo que quería hablar en esta entrada es del tango queer y de las milongas gays. Como resultado de la intolerancia, gays, lesbianas, trans, travestis, etc., buscaron lugares en los que podían, como cualquier otra persona, disfrutar de la conexión, el sentimiento, el contacto y la seducción del tango. Y así surgieron espacios llamados "milongas gays", como es el caso de La Marshàll, abierta en 2002, y que funciona los miércoles y los sábados.

La Marshàll, con acento tónico en la segunda A. Sus organizadores, Augusto Balizano, Roxana Gargano y Edgardo Gargano, se cansaron de que la gente lo pronunciaran con acento tónico en la primera A, cuando ellos pusieron el nombre para honrar a la actriz Niní Marshall, así que agregaron la tilde en la segunda A en el logo oficial.

Detalle anecdótico pero que a mí me parece divertido: el musicalizador de ese peculiar y moderna milonga, Mario Orlando, es también el DJ de la hiper tradicional milonga Sunderland. Y, otro detalle, en el mismo lugar, Maipú 444, pero los sábados, funciona una milonga "a la antigua", Cachirulo, en la que prevalece el cabeceo, y en la que las mujeres solteras están ubicadas en un costado de la pista, y los hombres solteros, enfrente.

Si bien es la milonga gay friendly más conocida de Buenos Aires, La Marshàll no es el único lugar de tango queer (queer: en inglés, "raro", "extraño", "excéntrico"... el término fue utilizado tradicionalmente para nombrar a la comunidad gay, lesbiana, transexual, travesti y transgénero de manera peyorativa, y fue retomado a principios de la década de los noventa en Estados Unidos por la misma comunidad para resignificarlo).

Se puede citar precisamente Tango Queer, creado en 2005 por Mariana Docampo. "En un principio Tango Queer fue una clase de tango seguida de una práctica en el bar Simón en su Laberinto de San Telmo y otra clase y práctica semanal dictada por Mariana en Casa Brandon. En el año 2007 se abrió la Milonga Tango Queer que sigue funcionando actualmente cada martes en Buenos Aires Club", se explica en su sitio.

La milonga, que tiene lugar los martes, "está abierta a todo el mundo", precisan, excluyendo así cualquier tipo de comunitarismo. "Se baila tango eligiendo libremente la pareja y el rol que se desea ocupar al bailar".

Sus organizadores también instituyeron un Festival Internacional de Tango Queer.

Les dejo la última palabra, para explicar mejor que yo el concepto de tango queer:
Podemos decir que si algo tiene representación simbólica, existe. Solo entonces se hace reconocible para una sociedad. El tango es una danza popular, y como tal, funciona como espejo de la sociedad de la cual surge y en la cual se desarrolla. En este caso, la sociedad porteña. Pero el tango también es una danza de fuerte connotación sensual.

Por eso, vale pensar que lo que este “espejo” refleja es la forma en que nuestra sociedad concibe el erotismo entre sus integrantes: en primer lugar, hombre-mujer. Luego, activo-pasiva. Dos roles bien claros, definidos. Este binomio simplifica notablemente la compleja red erótica que existe entre los individuos, y que si bien representa a una mayoría identificable en la sociedad, instituye una forma de sentir “admitida”, condiciona y censura formas de sentir diferentes. Se fija como modelo. Y afuera de este modelo quedan todos aquellos cuyo sentir es distinto.

Así pues, en esta representación social, que podemos definir, considerando su fuerza simbólica, como una “fórmula del sentir erótico”, no están representadas las lesbianas, los gays, los bisexuales, los transgéneros. Ni tampoco las mujeres y hombres heterosexuales que pudieran concebir su erotismo de manera distinta.

El intento por homogeneizar, estetizar y “normalizar” las formas del baile y los ambientes en los que ésta se desarrolla va en contra de la permanente improvisación y movimiento que constituyen la dinámica tanguera, la cual pugna permanentemente por formas que vayan adaptándose a los cambios culturales y sociales de quienes forman parte de ella.

Es éste el contexto que propicia el nacimiento y crecimiento de un espacio como Tango Queer.

La Marshàll
Maipú 444 - Los miércoles a las 22hs
Rivadavia 1392 - Los sábados a las 22hs
Tel: 4300-3487 / 15 5458 3423
Organizan Augusto Balizano y Roxana Gargano
Contacto: milongalamarshall@yahoo.com.ar

Tango Queer
Perú 571, San Telmo
Los martes de 20h30 a 02h00 (clases a cargo de Mariana Docampo y Soledad Nani)
Belgrano 2259 - Los jueves de 19 a 21 hs
Tel: 15 3252 6894
Organiza Mariana Docampo
Cómo llegar:  Colectivos 2, 6, 17, 23, 39, 59, 60, 67, 91, 96, 98, 100, 102, 103, 168. Subte: Linea C - Estación Moreno y Linea A - Estación Belgrano
Contacto: contacto@tangoqueer.com, mariana@tangoqueer.com

domingo, 11 de julio de 2010

Los milagros sí existen

Como lo dije en la entrada anterior, estoy nuevamente en París por unos meses. Resulta que estoy yendo a bailar más que el año pasado. Esta última semana, fui tres veces. Una a Milonga Florida, que ya conocía, el martes a L'Echiquier y anoche a Le Chantier (ya vendrán descripciones al respecto).

Y después de mucho mirar, mucho embolarme y bailar algunas tandas olvidables en momentos de masoquismo puro, pues he dado con dos varones que merecerían ser argentinos: Sylvain y François.

Ambos, con un abrazo hermoso, suave, una marca ligera, apenas insinuada y sin embargo clarísima, dejándome libre de mis movimientos. Ambos, bailando al piso, tranquilos, sin hacerse los helicópteros fantásticos ni abrir el abrazo sin justificación. Ambos, musicales y en estilo. Y ambos, respetando las pausas, los silencios, los murmullos de la música.

Y me recordó lo esencial del tango, que los principiantes (yo también pasé por ahí) y los extranjeros tardan tanto en entender (a veces directamente nunca lo entienden): el tango no es una acumulación frenética de pasos. El tango no es una disciplina acrobática. El tango no es un concurso de virtuosidades.

El tango es abrazo. El tango es música. El tango es conexión.

Nada más, y nada menos. Y en mis solitarias estancias parisinas, no se trata de que el nivel sea bajo en comparación con Buenos Aires. Se trata de que muy, pero muy poca gente entendió esto. Prefiero mil veces bailar con un principiante que asimiló esas cosas y se limita a caminar durante todo el tango, pero sintiendo la música, el abrazo, y la conexión, antes que con un "profesional" que me marca cuatroscientos mil pasos en abrazo abierto y baila de la misma forma un D'Arienzo que un Di Sarli o un Canaro.

De más está decir que tengo los números de teléfono de Sylvain y François para combinar con ellos la próxima vez que salga a milonguear...

martes, 11 de mayo de 2010

Segunda primera experiencia parisina

Como el año pasado, me toca estar nuevamente en París por unos meses. Esta vez, estaba decidida a ser mucho más abierta a los "malos" bailarines, mucho más tolerante y a aceptar con más facilidad las invitaciones (amigos que me leen: ¡¡juro sobre San Pugliese que ésa era mi intención!!).

Tengo la gran suerte de estar alojada a lo que serían dos cuadras y media de una de las milongas de París (o más bien prácticas) que abren tres veces por semana y no cierran en todo el verano, Académie Esprit Tango, de la que ya hablé el año pasado. En ese entonces el piso era horrendo y tenían previsto cambiarlo, cosa que ya está hecha y la verdad, se transformó en un lugar muy agradable para sacarle viruta al piso. Da la casualidad también de que es una de las únicas prácticas en que se baila más tradicional, lo cual me conviene perfectamente.

Con todo eso a mi favor, pensé, esta primera noche iba a ser MI noche.

Como siempre en una milonga que no conozco, me siento a mirar la pista para ver con quién se puede bailar y con quién no. Por supuesto que eso, los franceses mucho no lo entienden. Ni bien me senté en uno de los bancos que bordean la pista, me empezaron a sacar, sin haberme visto bailar ni siquiera una vez.

Yo, muy amablemente (¡lo juro!) respondía que no, gracias, por ahora no.

- el primero se me sentó al lado y me dijo: "Entonces la que viene"
- el segundo me sacó durante la cortina, sin saber qué tanda venía
- el tercero me preguntó: "¿Cómo que no?"
- el cuarto también me sacó durante la cortina
- y así...

Yo, mientras tanto, observaba. Y lloraba internamente. O sea, no nos confundamos: sigue siendo increíblemente emocionante escuchar tango desde la ventana de un edificio parisino y ver que esta danza se volvió universal. Pero digo... realmente, a veces, lo que se baila no puede ser calificado de tango. Ya no hablo de si es tango nuevo o viejo o adolescente. Simplemente no es tango.

Y precisamente había uno que era el peor de los peores. Su abrazo, a veces, era de rock o de cualquier otra cosa rara. Se llevaba por delante a su partenaire como si directamente no estuviera allí, y no lo vi marcar un solo paso de tango.

Había otro que no me disgustaba como bailaba, y otro que francamente me parecía interesante (al piso, lindo abrazo, elegante, parecía divertido). Sólo que en mis 40 minutos de observación, ninguno de ellos abandonaron ni una sola vez la pista entre tanda y tanda ni cambiaron una sola vez de chica, con lo cual me fue imposible sacarlos.

Resulta que el que sí me sacó fue el que directamente no bailaba tango. Le digo, textualmente (sólo que en francés, que es mucho más glamour, por supuesto): "Muchas gracias, muy amable, pero no estoy bailando".

Así, ¿eh? Sin exagerar.

Bueno, pues el tipo se fue ofendidísimo refunfuñando: "Claro, imbécil, claro que me dice que no, qué se cree esta forra" (sólo que en francés, que sigue siendo mucho más glamour). No dije nada, el tipo se fue a sentar y de repente se levanta de vuelta, se me planta adelante y me empieza a insultar (siempre en francés, ya a esta altura no era tan glamour): "¿Sabe qué? [porque en Francia, aún cuando te insultan, te tratan de usted, cuando les digo que aquí todo es re-glamour...], es usted una hipócrita y me tiene podrido, yo ya la conozco bien, conozco su jueguito, yo ya sé que se hace la bailarina, pelotuda, qué se cree, decirme que no así a mí".

A todo eso, preciso que nunca en mi vida había visto a este señor.

Lo ignoré por completo, el tipo se volvió a sentar, y seguí mirando la pista. Al cabo de 50 minutos, el señor del que no me disgustaba el baile por fin estaba solo, así que lo saqué y bailé una tanda (nada uau, pero pasable).

Luego fui a por el que me gustaba, pero se estaba cambiando los zapatos para irse (eran las 22...). Así que, medio por la necesidad de acostarme temprano por un tema laboral, y medio por frustración, hice como él, me cambié los zapatos, recorrí las dos cuadras y media agradeciendo estar tan cerca (y muerta de frío, porque todos saben que la primavera en París es un fraude total), y aquí estoy, relatando mi primera noche milonguera en la Ciudad Luz.

Primera noche cuya conclusión será la misma que la del año pasado: qué larga que se va a hacer mi estancia parisina...

domingo, 18 de abril de 2010

Enganche

El otro día me tocó bailar con un chico bastante más alto que yo, y que vestía una corbata atada con una  elegante y fina pinza sobre su camisa oscura.

El tema es que como bailamos con un abrazo bien cerrado, su pinza se terminó enganchando con mi collar, dado que mi cuello le llegaba apenas a su pecho.

Cuando terminó el tango y nos quisimos separar, nos dimos cuenta de que estábamos enganchados el uno al otro.

Más allá de que no me molestó en lo más mínimo, puesto que me tocó un joven apuesto, divertido, inteligente y elegante, fue un placer escucharle decir:

"Sólo el tango tiene el poder de enganchar así a la gente".

Dedicated to A.

miércoles, 14 de abril de 2010

Soho Tango, la milonga salonera joven

Entre las tantísimas prácticas y milongas que han abierto en los últimos años en Buenos Aires, quiero destacar una que me gusta más particularmente: Soho Tango.

Se organiza desde marzo de 2007 todos los jueves en el Club Villa Malcolm, un club de barrio social y deportivo fundado en 1928 e históricamente ligado al tango: allí tocaron todas las grandes orquestas de la década de oro, así como también Pugliese y muchas más.

Se trata de una milonga joven, dinámica, más orientada al tango salón que al tango nuevo, a diferencia de Tangocool, que se organiza los viernes en el mismo lugar o El Motivo Tango, los lunes, pero a pesar de apuntar sobre todo al tango tradicional, es realmente abierta y dispuesta a mostrar cosas distintas y jóvenes parejas.

"En un principio creo que significaba, por un lado, un salón muy grande y frío que no sabíamos si íbamos a poder llenar y darle la intimidad que queríamos, y por el otro, un lugar asociado a "prácticas" de tango joven. Con el tiempo eso cambió totalmente. Pudimos apropiárnoslo y nos encanta, y descubrimos que tiene mucha historia tanguera y folklórica ya que allí tocaron todas las grandes orquestas", explica Eugenia Martínez, la fundadora de Soho Tango, junto a Mario Bournissen.

Ambos querían "abrir un espacio de tango, donde la gente viniera a encontrarse, a comer, tomar algo, y a bailar", como cuenta Eugenia. En un primer momento, en el año 2006, eligieron un salón en la calle Cabrera, a la vuelta de la Viruta, donde estuvieron un año, hasta que cerraron el fondo de comercio. Mientras estaban buscando un nuevo lugar, el presidente del Club Villa Malcolm los llamó y les propuso ocupar el lugar los jueves.

"En un principio no queríamos ir al Malcolm, porque Cabrera tenía una onda muy cálida, muy íntima, y el cambio iba a ser muy abrupto. Pero los beneficios que nos ofrecía el Malcolm eran mejores que muchos otros lugares (tamaño, precio y ubicación eran inmejorables)", cuenta Eugenia. "Al llegar al Malcolm nuestro desafío era enorme. Sabíamos que los miércoles y viernes de Tangocool funcionaban muy bien, y venir a ofrecer un día justo en el medio, no era nada fácil. Pensamos en intentar reproducir algo de lo que veníamos haciendo en Cabrera, y nos embarcamos en una inversión enorme: compramos equipos de sonido, luces, manteles, velas, portavelas. Mario construyó los faroles de la pista, compramos mesas con faroles para el patio, y otros farolitos para las columnas. En fin, nos endeudamos hasta el cuello. La idea era proponer un espacio diferente al de los demás días del Malcolm, e intentar tentar a nuestro viejo público, para que se anime al club".

Eugenia y Mario siempre estuvieron atentos a lo que la gente pedía: "La idea fue siempre recibir a la gente de una manera especial. Sobre todo cuando empezamos prestábamos mucha atención a la gente que se iba temprano y preguntábamos si algo no les había gustado. Estábamos muy atentos a que todos estén a gusto. Y hablábamos mucho al final de la milonga sobre todo lo que habíamos observado. Esto sigue sucediendo hoy en día, al final del día comentamos lo que pasó, y muchas veces surgen ideas nuevas, o cosas para mejorar o cambiar".

Últimamente, me llamó la atención que bailaran allí dos parejas bastante peculiares, en dos noches distintas: Ariadna Naveira y Greta Hekier por un lado, y luego, Octavio González y Cristhian Sosa.

Sí sí, en ese orden, ¡no me equivoqué!

No se trata de parejas gays, ni de parejas de tango a secas: son jovencísimos bailarines que, cada uno por su lado, tienen su pareja de baile (del otro sexo), pero que decidieron divertirse y mostrar algo distinto, y realmente interesante.

Vale la pena presentar a cada uno de estos cuatro jovencísimos bailarines, que forman parte de la última generación del tango.

Yo personalmente, si fuera lesbiana, estaría enamoradísima de Ariadna Naveira, de 20 años. Es hermosa, es graciosa, tiene un humor pícaro cuando baila, se ve que lo disfruta, la pasa bien, y nos contagia ese buen humor y ese disfrute. Además, considero que baila tan bien como hombre que como mujer. Sabe guiar, y sabe seguir. Una mujer completísima. ¡Sueño con bailar con ella!

Es hija de Gustavo Naveira, considerado uno de los padres del tango nuevo, aunque él rechace la etiqueta, y de Olga Bessio, una gran bailarina. Pero Ariadna encontró su propia vía y su propio estilo, y eso la hace más especial todavía, porque no se dejó aplastar por los dos gigantes que son sus padres, ni tampoco siguió fielmente sus huellas.

Su pareja, de baile y en la vida, es Fernando Sánchez, y juntos bailan de manera muy ligera, muy graciosa y muy elegante. Aquí un video en el que Ariadna baila con esa sonrisa tan entrañable.

De Greta Hekier, 22 años, no tengo mucho que decir porque no la conozco tanto, excepto que me encanta verla bailar, y que visiblemente a muchísimos hombres les encanta bailar con ella.

En este video, filmado entonces en Soho Tango en octubre pasado, Ariadna es la que está vestida toda de negro.



Octavio Fernández, por su lado, merecería una entrada aparte. Se trata de un niño de apenas 22 años. A pesar de su corta edad, ya bailó con grandes bailarinas, como Luna Palacios o Samantha Dispari. En estos momentos baila con Corina Herrera. Conozco a Octavio desde hace unos cuatro años. Lo vi dar sus primeros pasos en la pista, puedo decir que vi el nacimiento de este eximio bailarín. Es un fanático de la milonga, difícil las noches en que no se lo ve en La Viruta, Soho Tango o Loca. Hasta hace poco, solía presentarse siempre engominado, impecablemente vestido, cual viejo milonguero de los 40. Por suerte, ahora está un poco más relajado, aunque siempre elegante. Bailar con él es... tocar el cielo con las manos. La entrada en la que explico mi búsqueda del abrazo perfecto, la escribí pensando principalmente en él.

Cristhian Sosa, de 23 años, fue doble campeón del Campeonato Metropolitano de 2009: en vals y en milonga, junto con Lida Mantovani. Otro jovencísimo bailarín que no se dejó seducir por las sirenas del tango nuevo, y eligió Villa Urquiza y la esencia del tango para su formación y nuestro deleite.




Soho Tango

Club Villa Malcolm
Córdoba 5064
Jueves: clase de 21 a 22h30 a cargo de Mario Bournissen y Eugenia Martínez, y de Emiliano González, Laura Zaracho y Noelia Davini, y milonga de 22h30 a 2h30
Reservas: 1561668365
Cómo llegar: Colectivos 15, 34, 55, 140, 151, 168, o 106 y caminar unas cuadras por Córdoba

domingo, 11 de abril de 2010

Porque es inútil esperar, si la esperanza ya murió...

"¿Lo tenés? Te quiero", me escribió la persona que me enviara este tema alguna vez, deseando compartir, además de su amor, hermosas letras de tango.

Esta vez, tengo que tomarme la letra en serio.

sábado, 3 de abril de 2010

La milonga, la adicción, el amor y el desamor

Hay momentos y momentos.

Momentos en que la milonga se convierte en el centro de nuestra vida. Somos adictos, no podemos pasar una sola noche sin milonguear. No somos profesionales, no tenemos intención de serlo, pero la sola idea de perdernos una noche de milonga nos deprime al punto de angustiarnos y dejarnos intranquilos, en busca del abrazo perfecto.

Como en La Viruta, los fines de semana, a partir de las 3h30 no se paga, y dura hasta las 6, pase lo que pase por la noche (fiestas de cumpleaños, reuniones de amigos, salidas al cine...), sabemos que terminaremos la noche allí. Siempre cargamos con nuestros zapatos de tango en la cartera, y llegadas las 3 o 4 de la mañana, emprendemos el camino hacia el Templo, en la calle Armenia.

Habría que hacer un estudio sobre lo adictivo del tango, porque esto le ha sucedido a todos los que  conozco que fueron picados por el bichito del tango: la imposibilidad cuasi física de no ir a la milonga. Me ha pasado de estar en la otra punta de la ciudad un sábado a la noche en invierno en casa de una amiga, que se hagan las 2 de la mañana, que esa amiga me proponga quedarme a dormir en su casa, y que yo lo conteste: "No, gracias, tengo que ir a La Viruta", como si fuera una obligación. Era capaz de esperar el colectivo durante una hora con 2 grados de sensación térmica, con tal de cruzarme la ciudad y llegar a la milonga.

Siempre andaba con mis zapatos a cuestas. Mi casa se había convertido en un hotel de paso, donde solamente dormía y desayunaba. Me levantaba a las 10, iba a trabajar a las 12 ya vestida para la noche, trabajaba hasta las 21, me pintaba en el baño de la oficina, a las 22 iba directo a la Viruta donde tomaba las clases, y luego me quedaba en la milonga hasta las 4 o las 5 o las 6 de la mañana, dependiendo del día, dormía cuatro o cinco horas, y a la mañana siguiente, lo mismo, despertarme a las 10...

No sé cómo aguanté tanto tiempo ese ritmo. Duró más o menos tres años.

Me acuerdo de hablar con un chico que ya bailaba profesionalmente, y que me preguntaba que haría a la noche siguiente. Mi respuesta fue tajante: "Voy a las clases y luego me quedo a milonguear". Me miró con ternura y me dijo: "Ah, empezaste hace poco, ¿no? Vas a ver, ya se te va a pasar, algún día, la milonga será otra cosa".

Lo miré espantado. ¿Otra cosa? ¡Jamás! La milonga era lo único firme, estable, tangible de mi vida, y lo sería para siempre, no cambiaría nunca. Juré y perjuré que no se me pasaría nunca, que mi adicción era de por vida, y aún más: que la pareja que yo tuviera tendría que ser del ambiente del tango para poder bancárselo.

No entendía a esa gente que, un día, se enamoraba, y chau milonga. Los criticaba: "Qué pollerudo/qué sumisa, ¿entonces qué? Ahora que están en pareja se olvidaron de lo que realmente les gustaba? Qué tarados/as".

Y un día... pues un día me enamoré. Me enamoré de alguien de la milonga, sí, pero no un profesional del tango. Me enamoré con una intensidad que no había sentido en lustros. Esa persona me hacía tan, pero tan feliz, que sólo tenía ganas de una cosa: estar con él. ¿La milonga? Sííí, bueeeeno, mañana vaaamos, ¿y si mejor nos quedamos haciendo cucharita abrazaditos debajo de las frazadas? Y él estaba en la misma: prefería mil veces quedarse acurrucado entre mis brazos en posición horizontal que abrazado a mí o a otras en una pista.

Viví ese amor con una intensidad casi insólita conociéndome, yo que también había jurado que no me pondría nunca en pareja, que la soltería me sentaba muy bien, que no necesitaba a nadie a mi lado, que no quería comprometerme con nadie, que nadie me sacaría del tango ni me alejaría de la milonga.
Un día, llegó ÉL, me enamoré, se enamoró, y mis convicciones, mis afirmaciones, mis declaraciones,  mis certezas, se fueron a freír churros en un santiamén. Ese hombre me voló la cabeza como nadie.

Y de golpe, sin que me diera cuenta de ello, nos volvimos esas parejas que yo tanto había criticado: desaparecimos de la milonga. El tango ya no era el centro de nuestras vidas. Ahí entendimos que la adicción al tango es mucho más que eso: en realidad, lo que se busca con desesperación en la milonga es el contacto humano. Compañía. Abrazo. Calor. Porque en general la gente que empieza a bailar tango es soltera: necesita ese contacto.

Cuando nos ponemos en pareja y que recibimos de nuestro compañero o nuestra compañera ese contacto, esa compañía, ese calor, ya no necesitamos ir a buscarlo en el abrazo del tango.

La milonga se vuelve una opción de salida. Nuestra opción preferida, ciertamente, pero una opción al fin.

Pero nada es eterno. Así como la adicción a la milonga se deshizo en los limbos del amor, un día, la pareja también se puede deshacer en los limbos del desamor. Un día, la vida se vuelve a pensar en singular. Un día, dos seres enamorados recuerdan eso: que eran dos. Que no eran uno. Un día, se puede acabar el amor.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué pasa con la milonga? ¿Qué pasa con ese lugar en el que nos conocimos, en el que dimos nuestros primeros pasos como pareja? ¿Qué pasa al escuchar esos tangos que nos han unido y que hemos escuchado juntos desde nuestra cama transformada en milonga íntima, durmiéndonos fusionados en el amor del otro?

Cada cual lo manejará como pueda. Cada cual sabrá si puede volver a ese lugar, si puede volver a escuchar esos tangos desgarradores, si tiene ganas de cruzarse con su ex pareja y hacer como si nada. Sobre todo si a uno de los dos le quedó amor, la simple idea de que eso, cruzarse con su ex, pueda suceder, es una tortura. La idea de ver a nuestro antiguo amor tener su cuerpo pegado al de otra, y ya no al nuestro, nunca más al nuestro, nunca más acurrucados, nunca más cucharita, nunca más abrazaditos debajo de las frazadas en invierno, es tan insoportable que preferimos evitar salir a milonguear.

Para algunos, en ese momento, la milonga se vuelve a transformar por tercera vez. Aquel lugar al que juramos y re-contra-juramos que nunca dejaríamos de ir por nada en el mundo, y del que luego nos alejamos con gusto para vivir lo increíble del amor, ahora nos provoca angustias y nos saca lágrimas.


¿Qué otro lugar provoca tantas sensaciones encontradas? ¿Qué otro boliche marca tan en la carne a la gente que acude a él?

La milonga es un mundo. A veces, no nos damos cuenta de hasta qué punto la milonga es nuestro mundo. Hasta qué punto es una alegoría de nuestra vida. Hasta qué punto nos va acompañando en las etapas de la vida. Y hasta qué punto, en ese mundo, se juntan la adicción, el amor y el desamor.