jueves, 25 de noviembre de 2010

Frases de la milonga #2

El otro día fui con mi hermana a una milonga. Mi hermana no baila tango. Me acompañó porque es buena y necesitaba que alguien me llevara en auto porque quedaba lejos. Así que se la bancó, me acompañó, se quedó sentadita toda la noche mirando a las parejas bailar y no dijo ni mú.

Ella estaba convencida de que la sacarían siempre, y temía tener que pasarse la velada explicando "no, disculpas, no bailo tango".

Pero extrañamente, nadie la sacó.

Al principio se preguntaba qué pasaba, si tenía mocos en la cara o qué, y finalmente entendió: se pasó la noche con sus botas puestas. No se cambió los zapatos. No se puso zapatos de tango. Ergo: no bailaba y era inútil sacarla.

Tanto quejarse, tanto quejarse, pero al final ¡se quedó super frustrada de que no la sacara nadie!

Y sí: muchas veces, tanto hombres como mujeres no fijamos primero en el calzado. Me incluyo. Cuántas veces he explicado: 
"Me vino a sacar pero como estaba en zapatillas le dije que no".
Principiantes, ya saben: incrementarán su posibilidad de ser aceptado/sacada si tienen puesto el calzado adecuado.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Volviendo a los orígenes...

En las últimas dos décadas, el tango ha conocido un verdadero revival. No es que estuviera muerto, no, el tango nunca ha muerto realmente. Pero hay que reconocer que desde la década de los sesenta, la edad promedio de las milongas porteñas no bajaba de unos cuantos añitos, y pocos jóvenes se dedicaban a ir a bailar toda la noche al ritmo del 2x4.

En mi modesta opinión, el regreso del tango como moda vino de Europa (para variar: los argentinos tienen grandes dificultades en aceptar lo propio si no fue primero labelizado por el Viejo Mundo). Y el surgimiento del tango nuevo como versión remasterizada del tango, más acorde al gusto joven, con música electrónica y más libertad de movimiento, vino coronar el incipiente movimiento.

Según algunos, el tango nuevo ha hecho verdaderos estragos: al liberalizar los estrictos códigos de la milonga, de la pista y del baile en particular, se ha caído en el "todo vale" y por lo tanto, en el "cualquier cosa".

Bailarines de tango nuevo de muy alta reputación como Mariano "Chicho" Frúmboli han dejado una cabellera de otros bailarines mucho menos talentosos que se dedicaron a imitarlo y a destrozar en musicalidad, abrazo y calidad del movimiento lo que otros habían tardado décadas en construir.

Pues bien, luego de unos veinte años de furia del tango nuevo, he notado en los últimos dos o tres años, en las milongas porteñas más modernas, un subrepticio movimiento de regreso a los orígenes: aún en lugares como Villa Malcolm los viernes (Tangocool) o Práctica X, he visto parejas que antiguamente bailaban con abrazo abierto y "a lo loco" volver poco a poco a un abrazo más cerrado y a un baile más íntimo y más al piso.

Ese movimiento me fue confirmado por una nota que hizo mucho ruido en el mundo del tango, de Chicho Frúmboli, justamente, entrevistado por Milena Plebs en la revista El Tangauta de diciembre de 2009, y en la que hizo un sorprendente e inesperado mea culpa:

M: Pero a veces quienes están empezando se pierden en la multiplicidad de opciones.
CH: ¡Están totalmente perdidos! Yo me formé con los últimos grandes milongueros, tomé directamente de ellos la información. Quienes empiezan a bailar no tienen esa experiencia, sino que aprenden de una generación intermedia de la que formo parte, somos un nexo entre esos viejos bailarines y los más jóvenes. El problema es que algo se nos pasó en la enseñanza, me hago cargo absolutamente, y también tendrían que tomar esa responsabilidad otros colegas. No pude transmitir lo que aprendí. Estaba enloquecido por la creación, porque vi una nueva veta de evolución en el movimiento. Me volqué absolutamente a eso, y perdí el hilo para poder trasmitir lo tanguero que tengo muy adentro. Por eso siento que actualmente hay mucha gente que no entiende o no sabe cuál es realmente la esencia de esta danza.
M: Hace quince años que estás bailando. ¿Qué cambios has observado en el devenir del baile?
CH: Antes se trabajaba con precisión y una estética particular, de una manera funcional y mecánica, que daba una forma, un estilo. Hacer un movimiento o un paso implicaba una expresión de todo el cuerpo. En la actualidad no sólo se perdió la esencia sino también el peso que tiene esta danza, su densidad e importancia. Para mí este nuevo tango le perdió un poco el respeto a lo que era el tango en sí. 
 No les voy a copiar la nota entera, pero recomiendo su lectura aquí.

Una ilustración clara de esa evolución, o involución, o reevolución hacia la esencia del tango la personifican de manera clara la pareja compuesta por Sebastián Arce y Mariana Montes. Luego de una formación con bailarines de la vieja guardia desde muy joven (¡empezó el tango a los 8 años!), Sebastián Arce se volcó al tango nuevo cuerpo y alma, desesperando a muchos de sus maestros. Aquí podemos verlo con Mariana Montes, una bailarina que originalmente se dedicaba al folclore, en el 2006 en La Viruta, bailando sobre Tanghetto. Él, con vaqueros anchos, zapatillas, remera de Metallica, pelo largo, totalmente desaliñado, y con cara de ir leyendo una partitura en el suelo. Noten la manera de acercarse a la bailarina, despreocupado, arrastrando las piernas, super recontra cool, loco:



 Ahora, vean este video también filmado en La Viruta, pero en 2009. Fíjense el cambio radical tanto en el atuendo de los dos (pelo más prolijo, traje, zapatos) como en la elección de la música y, sobre todo, el abrazo y el estilo. Allí pude ver por primera vez (porque tuve la suerte de estar en ambas exhibiciones) la calidad de su danza, la elegancia de su caminar:




Veo con mucho placer esa nueva evolución del tango, en que los bailarines de tango nuevo aportan su creatividad al servicio de la tradición y el buen gusto. Y como expliqué en otra entrada, si el tango nuevo pudo volver a acercar al tango a jóvenes que veían al tango como una cosa de viejas momias inertes, pues sólo puedo alegrarme por ello.

lunes, 8 de noviembre de 2010

A los codazos

Antiguamente, en las milongas, a quienes no respetaban los códigos de la milonga, se adelantaban, golpeaban a otras parejas o tenían un comportamiento inadecuado, directamente se los sacaba a codazos de la pista.

Así, sin más: los hombres que rodeaban a los indeseables los iban arrinconando y empujando a codazos, mientras bailaban como si nada.

Pues no se crean que esa época terminó.

Principiantes, jóvenes, bailarines con cara de extranjeros, hay algo que tienen que saber.

En muchas milongas tradicionales, hay que pagar derecho de piso. ¿Qué significa eso? Que si no muestran humildad al llegar, si no respetan el cabeceo, si sacan a mujeres acompañadas, si no respetan a rajatablas los códigos de la pista, corren el riesgo de recibir codazos y terminar fuera de ella.

No lo digo porque me lo contaron. Yo lo he vivido.

Había ido a conocer La Milonguita. Se trata de una milonga relativamente nueva (arrancó en 2003), pero cuya ambientación es de una milonga tradicional. Un lugar muy lindo, pista amplia, buena música. Me gustó enseguida. Su organizadora, Graciela López (de quien he citado un texto en este blog), ha sabido crear una milonga muy agradable y llena de vida en un barrio (Colegiales) en el que no existen muchos otros lugares (si exceptuamos todos los del Palermo lindante).

Problema: la persona que me acompañaba tenía cara de extranjero, y éramos los dos jóvenes (¡o relativamente, en mi caso!) y desconocidos. Apenas entramos, tuve la sensación que "nos miraban".  Lo puse en la cuenta de mi paranoia y nos dedicamos a sentarnos atrás de todo, tomar un café y mirar la pista.

Al cabo de media hora, nos atrevimos a bailar. Hay que reconocer que el hombre que estaba conmigo nunca se destacó por respetar los códigos de la pista. Pero también, que esa noche hizo esfuerzos, tratando de ser lo más discreto posible, de seguir el ritmo de la pista, bailar al piso, sin grandes gestos, sin adelantarse, sin tocar a nadie. 

Pues bien, uno de los hombres que me parecía que nos había "mirado" al entrar empezó a intentarnos correr de la pista a codazos. Un golpecito por aquí, otro golpecito por allá... Rápidamente me di cuenta de que ya no era paranoia mía: realmente nos estaban echando.

Doy fe también de que en otras milongas tradicionales como Club Gricel, hay que pagar un derecho de piso muy alto para ser aceptado en la pista.

Alguna gente se alegra de que existan lugares en los que todavía se conservan las tradiciones como en un joyero de terciopelo, como recuerdo de una cultura y unos modales que ya sólo existen en pocos espacios reservados. Otros se espantan ante tanta intolerancia.

Creo que en eso, los extranjeros que nos visitan también están divididos: a algunos les encanta entrar en esos lugares que son como museos en carne viva y ver con sus propios ojos cómo eran las milongas "de antes". Otros consideran que esas actitudes son las que alejaron a los jóvenes del tango, y se vuelcan al tango nuevo.

Yo creo que como en todo se puede hallar un término medio, y francamente, no creo que esos lugares dañan a nadie. Simplemente, es imprescindible estar advertido y saber que esas cosas pueden ocurrir y aprender a respetar las reglas y a valorar la experiencia de los más experimentados, para no salir escandalizado y no decidir no volver a pisar nunca más una milonga.

Foto: La Milonguita

La Milonguita
Jorge Newberry 2818 - Colegiales
Tel: 4771 8827
Viernes de 22h30 a 3h
Domingos de 20h a 2h
Organiza Graciela H. López
Cómo llegar: colectivos 39(ramal 2)-168(cartel amarillo)-41-42-60-63-67-98-152-161-194. Subte D, estación Olleros. Tren Ferrocarril Mitre, estación Colegiales

jueves, 4 de noviembre de 2010

El humor y el tango #1

 Empiezo una nueva rúbrica para mostrar que el tango no es solamente drama, llantos, congoja, frustración, queja y dolor (uf...). También puede ser alegre y sobre todo, humorístico. Me encantan las parejas que ponen humor en su baile, sea en la pista o en el escenario. Me encanta divertirme cuando bailo. Claro, esto depende mucho del ritmo en que se baila. Difícil morirse de la risa bailando un Di Sarli o un Caló. Pero sí sobre una milonga endiablada, sí con un D'Arienzo.

A veces, el humor incluso puede hacer olvidar una técnica deficiente. Pienso en particular en la pareja colombiana que ganó el Campeonato Mundial de Tango 2006, Carlos Paredes y Diana Giraldo Rivera. Técnicamente, les faltaba mucho. Los vi bailar fuera de lo que habían armado para el concurso y no tenían nada. Pero su coreografía sobre "Pájaro Azul" fue tan alegre, divertida y original, con elementos del tan olvidado canyengue, que se ganaron la preferencia de los jueces.

Claro que siempre es más fácil agregar humor cuando se trata de una coreografía, pero doy fe de que se puede improvisar también de manera alegre y divertida, como les iré mostrando a medida que alimente esta rúbrica.

domingo, 31 de octubre de 2010

Extrañitis aguda

Ya van varios meses que estoy afuera.

Y extraño. Extraño la milonga. Extraño La Viruta. Extraño llegar y dar un pantallazo general a la pista y a las mesas para ver quién está y quién no.

Extraño llegar un domingo entusiasmadísima con bailarme la vida y que el salón esté vacío, extraño esa sensación de desilusión, de decepción, que poco a poco da paso a la alegría de ver que el único problema era que había llegado demasiado temprano, también, ¿a quién se le ocurre llegar a la Viru un domingo antes de las 2 de la mañana? pregunto yo, alegría de ver que la pista se va llenando de manera imperceptible, hasta que uno se termina quejando de que esté tan repleta que no se puede bailar.

Extraño llegar un sábado a la noche a las 3 y media de la mañana, cuando las puertas se abren y la entrada es gratis, y constatar que la pista es un caos de gente y no se puede meter un alfiler. Me encanta escuchar quejarse a la gente: "En la Viru no podés bailar, ¿no ves? Eso es un boliche, no una milonga", esa misma gente que estuvo esperando media hora en el frío a que abrieran las puertas para poder terminar la noche en la Viru después de milonguear en La Baldosa o Sunderland.

Extraño decir que no cuando me invitan y que mis amigos vayan contando la cantidad de sartenazos que propiné durante la noche.
Extraño decir que sí y perderme en un abrazo perfecto.

Extraño que me saque ese bailarín, y extraño la frustración de que no me haya sacado nadie en toda la noche. Y extraño que mis amigos me digan que es el destino que se venga, por haber dicho yo que no a otros.

Extraño las miradas asesinas de Juan, "EL" mozo de la Viru, cuando uno le repite por tercera vez: "Juancito, ¿te acordás de mi cortado?", tratando de no enojarlo.

Extraño el ritual de la llegada de las medialunas gordas, mantecosas, mullidas, a las 4 de la mañana, los viernes y los sábados, para ayudarnos a aguantar hasta las 6. Extraño que mis amigos me coloquen el plato sobre la taza del café con leche que llega cuando estoy bailando, para que no se enfríe, y luego estar esperando media hora a que se enfríe porque no me gusta el café demasiado caliente.

Extraño las luces azules para el penúltimo tema, extraño pensar: "¿Ya termina? Si apenas son las 5 y 55...". Extraño los gritos de los habitués cuando se apagan las luces por completo, antes de que empiece La Cumparsita, el último tema, cuando la pista está colmada de parejas que quieren bailar hasta el último suspiro de la música: "Dale, ¡aprovechá!", "¡Ese es tu momento!", "Vamos, chicos, ¡ahora o nunca!"

Extraño no darme cuenta de que las luces blancas se prendieron todas de golpe, encegueciendo a la gente luego de la oscuridad total, porque bailo con los ojos cerrados y estoy tan metida en el abrazo que me olvido de lo que ocurre a mi alrededor.

Y extraño abrir los ojos y constatar que pasé de un mundo de tinieblas a otro de luminosidad en la que los vampiros que somos no sabemos bien qué hacer.

Extraño el momento en que el tango se transforma en cumbia, en salsa, o lo que sea, para un alegre baile de despedida, mientras hombres y mujeres van cambiando sus zapatos, poniendo sus abrigos, yendo a saludar a ése al que no vimos en toda la noche o anotando discretamente un número de teléfono, debajo de la cruda luz blanca en la que descubrimos el verdadero rostro de la gente luego de una noche de maquillaje y protectora penumbra.

Extraño cuando el maestro del lugar, Horacio PBT Godoy, al apagar la computadora, hace invariablemente el mismo chiste: "¡Y van los últimos acordes milongueros!", antes del sonido de Windows que se cierra.

Extraño cuando los mozos van sacando los manteles de las mesas con un golpe violento y seco, haciendo volar botellas de plástico vacías, servilletas de papel usadas y lo que se encuentre sobre la mesa en ese momento, mientras la gente alarga infinitamente el momento de la salida.

Extraño ir luego a Tomato o a la Shell a tomar un último café, comer una última medialuna, todos en banda, para una especie de after hour a las 7 de la mañana, y extraño cuando, ya en verano, el sol está tan alto en el cielo que hay que ponerse anteojos protectores.

Extraño al tango, sí, claro, extraño bailar, extraño el abrazo, pero cuando lo pienso, lo que más extraño, son esos rituales que se repiten todas las semanas, con mayor o menor intensidad, y nos hacen sentir que el mundo es seguro y acogedor. Extraño a la gente que me rodea, que siempre está, que le da sabor y color a la vida de la milonga. 

En fin: extraño a mis amigos.

martes, 26 de octubre de 2010

Noelia Hurtado y Pablo Rodríguez

Tienen 22 y 26 años. Hace cuatro años, en el 2006, ganaron el Campeonato Metropolitano de Tango de Buenos Aires en la categoría Tango Salón.

Pablo Rodríguez empezó a bailar a los 19 años. Noelia Hurtado, a los 12. Ambos se conocieron en Sunderland, siendo sus maestros Carlos Pérez y Rosa Forte, como fue el caso de muchos de los que ganaron los diversos campeonatos de tango en los últimos años (ya hablaré de él en otra entrada).

Para mí, representan un poco una transición entre el tango tradicional y el tango nuevo. Crearon su propio estilo, muy reconocible, con una cadencia muy especial.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Pasantía de mujer

El otro día un amigo heterosexual fue a La Marsháll. Se trata de una milonga "gay friendly", uno de esos lugares en los que hay que dejar a la homofobia en la entrada.

Mi amigo fue por una sola razón: tenía ganas de bailar "de mujer" (haciendo el papel de seguidor, y no de líder) con hombres que supieran guiar y no tuvieran problemas en bailar con otro hombre.

Allí descubrió con asombro lo que una mujer puede llegar a sufrir en la milonga, y en la vida en general.

Él se imaginó que tendría que rechazar constantemente ofertas de hombres en celo (siendo él además un chico bastante atractivo). Pero nadie insinuó absolutamente nada. Después de bailar con él, sus parejas de baile lo dejaban en paz y volvían a su mesa. Dedujo que los hombres homosexuales son mucho más respetuosos que los hombres heterosexuales. Porque en la milonga, ¿a cuántos pesados las mujeres debemos soportar que, porque bailamos una tanda con ellos, creen que los vamos a seguir a un telo y nos acosan insistentemente?

Lo otro que descubrió, es que ser guiado por alguien brusco, o que baila mal, como puede ser un principiante, puede ser, amén de doloroso, peligroso: "Cuando yo bailo con una principiante, la llevo yo, así que me limito a hacerle pasos básicos hasta terminar la tanda. Pero al ser llevado yo por principiantes, no tenía ningún poder de decisión, y si el tipo quería ponerse a hacer pasos complicados y enroscados a pesar de sus propias limitaciones y de no tener la técnica suficiente para ello, yo no tenía otra opción que seguirlo, a expensas de mi espalda, mis pies, mi cuerpo entero".

Sus descubrimientos lo hicieron reflexionar mucho sobre lo que padecemos las mujeres, y a mí me hicieron pensar que todos los hombres deberían hacer una pasantía en La Marsháll alguna vez. Para saber cómo se siente, vio...

Foto Dan Chung - The Guardian

martes, 17 de agosto de 2010

Cuerpos anónimos

Muchas veces, el tiempo que existe entre un tango y otro sirve para la conversación, conocer a la pareja o el chamuyo directo.

¿Cómo te llamás? ¿De dónde sos? ¿Venís a menudo por acá? Nunca te había visto antes. Qué lindo que bailás. ¿Dónde aprendiste? Yo soy profesor, ahora te doy mi tarjeta. ¿Hace sólo un año que bailás? Nena, tenés un gran futuro en el tango, si tomás clases conmigo. ¿No querés hacer una gira conmigo? ¿Qué te parece si luego vamos a desayunar juntos?

Etc. etc. etc.

La otra noche, sin embargo, me tocó bailar con alguien con quién no intercambié ni una palabra. Me sacó cabeceando. Ni bien me coloqué en la pista, me abrazó y empezamos a bailar, sin decir nada. Entre tango y tango, apenas nos mirábamos. Bailar con él no era ni fu ni fa. Ne le pregunté su nombre, no me preguntó el mío. Terminaba un tango, rompíamos el abrazo, y apenas tres segundos después, nos volvíamos a abrazar, de manera casi automática.

Durante 10 minutos, mi cuerpo estuvo completamente pegado al de otro, nuestras piernas se entrelazaban como en una metáfora sexual (¿qué otra cosa es el tango sino una metáfora sexual?); sentí su respiración, sus olores corporales, su perfume; su sudor se mezcló con el mío, pero no conozco ni su nombre, ni su nacionalidad, ni siquiera el sonido de su voz, porque el "gracias" final fue más otro cabeceo, como respondiendo al primero, que otra cosa.

Y pensé que el tango tiene esos momentos insólitos, en que nos abandonamos completamente contra al cuerpo de otra persona, anónima y desconocida, y que lo seguirá siendo después de compartir esos 10 minutos de total y absoluta intimidad.

Es probable que nunca lo vuelva a ver.  Es más, ya me olvidé de su rostro. No importa. El tango permitió, por unos instantes, conectarme con otra persona, aun sin palabras. Esto es lo que vale.
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viernes, 6 de agosto de 2010

No se baila con los brazos

Para los que no saben nada de tango, o para los que creen saber y en realidad no saben gran cosa: varones y líderes, no se guía con las manos o los brazos, sino con el torso. Hagan lo que hagan, una bailarina o la persona seguidora seguirá su torso. No lo que puedan hacer con sus manos.

¿Cómo se hace para guiar con el torso? Bueno, para eso están las clases...

Un claro ejemplo de lo que digo se ve en el video siguiente. Es bailado por Maximiliano Cristiani y Belén Bartolomé. Ese día, Maximiliano tenía una triple fractura de codo, no me acuerdo en qué huesos exactamente, pero el tema es que tenía el brazo inmovilizado. Pues no se inmutó y se presentó igual en la Milonga del Morán, con una dexteridad que, podrán apreciar, no fue para nada afectada por su discapacidad momentánea.

Un ejemplo de constancia, fuerza de voluntad y habilidad. Después de eso, ¡nadie podrá decir que no se puede bailar sin los brazos!

domingo, 1 de agosto de 2010

Crónicas Parisinas #7

Finalmente, tras varios intentos infructuosos por problemas de horario, hace dos semanas fui a Le Chantier.

Me habían hablado mucho de esa milonga de las afueras de París (Montreuil) que abre los sábados, la única que cierra a las 7 de la mañana (la mayoría cierra a las 2, máximo a las 3 de la mañana).

Nunca antes había podido ir porque queda un poquito lejos, y el metro (subte) deja de funcionar a las 2 de la mañana. Regresar más tarde era entonces una complicación, había que tomar un taxi, y tomar un taxi en París es un lujo que no me puedo dar.

Además, me habían contado que Le Chantier se pone bueno precisamente después de las 2 de la mañana, cuando la gente sale de El Colectivo. Por lo tanto, irme antes de esa hora no era una muy buena idea.

El tema es que este año instalaron estaciones de Velib, este sistema de alquiler de bicicletas, a unos 400 metros de la práctica. Con lo cual, ya no está el temor de perderse el último subte, y uno se puede quedar hasta la hora que mejor le parezca, sin estar obligado tampoco a quedarse hasta el primer subte a las 6 de la mañana. Claro que tiene que haber bicis disponible a la hora en que nos queremos ir...

Así que el sábado pasado, me subí a una bici de alquiler y llegué al lugar a la una de la mañana. Efectivamente, no había mucha gente. En un primer momento, como siempre, me puse a mirar la pista. Rápidamente, me sacaron varios hombres. Decidí aceptar las dos primeras invitaciones. Me aburrí soberanamente.

No estaba Sylvain, el chico que había conocido en Milonga Florida. A las 2 y media de la mañana, empezó a caer más gente. Me puse entonces a mirar la pista con más detenimiento, rechazando esta vez las invitaciones para poder concentrarme en mi observación (sí, sí, siempre con una gran sonrisa, ahora agregué "es muy amable" o mi "no, muchas gracias"). Y ahí, en el medio de la muchedumbre, encontré a un chico que parecía tener un lindo abrazo, buena musicalidad, pisada elegante.

Esperé a que terminara de bailar. Cuando se sentó me ubiqué estratégicamente al lado suyo y esperé unos tangos a que descansara, porque estaba visiblemente exhausto. Recé por que nadie lo sacara (en París las mujeres sacan muchísimo más que en Argentina), y rechacé todas las otras invitaciones. Claro que los hombres rechazados me miraban con cara de culo, pero ¿qué le vamos a hacer? Querer bailar con alguien en particular es una de las múltiples y válidas razones por las cuales las mujeres podemos decir que no. Y las mujeres tenemos tanto derecho como los hombres a seleccionar, descartar, elegir. Si no se bancan un "no", que estos hombres se limiten a cabecear (lo lamento, pero me pone furiosa que algunos hombres no acepten un "no" de una mujer, dice mucho de esas personas).

Finalmente, cuando empieza una nueva tanda, invito a bailar a ese chico. Vacila, me dice: "A ver, no sé si esa tanda me gusta". Lo cual me impresionó mucho, porque los franceses en general no tienen ese tipo de contemplaciones: bailan cualquier tanda sin preferencias ni discriminación.

Finalmente, François aceptó mi invitación y empezamos a bailar. Después de mi excelente experiencia con Sylvain, tuve mi segunda revelación parisina. Un baile tranquilo, con conexión, musical. Nada estrambótico, simplemente el placer del baile. Bailamos tres tandas, incluida una de milonga, las tres con la misma satisfacción

Quería quedarme hasta las 4h30 de la mañana, hora en la que los organizadores de esta milonga, que existe desde hace más de diez años, ofrecen gratuitamente un desayuno (se coloca comida y café en una gran mesa y todos están invitados a servirse libremente), pero por cuestiones laborales, nuevamente, me fue imposible quedarme tan tarde. Una pena. Me habría gustado conocer el ambiente hasta el final, a las 7 de la mañana. Otro sábado, tal vez.

La verdad, me gustó el ambiente de Le Chantier. Se nota que sus organizadores lo hacen por gusto, seleccionan a sus DJs, pasan buena música, y se llena todos los sábados a pesar de quedar en las afueras de París. Una de las musicalizadoras tiene la excelente idea de colocar cartelitos anunciando la tanda siguiente con el nombre de la orquesta. Otro cartel reza: "La DJ también baila"...

Eso sí: a Le Chantier van todas las estrellitas del tango parisino, parece que es EL lugar en el que mostrarse, hacer publicidad, entregar tarjetas, y ver quién baila más alocadamente. Fue un milagro encontrar parejas que privilegiaran el tango tradicional, porque el lugar es el antro del tango nuevo. Allí bailó Chicho varias veces, y parece que todos y todas quieren hacer como él... sin tener un ápice de su talento.

51, rue Edouard Vaillant - Montreuil
Los sábados de 21h30 a 7h
Tel: 06 23 89 10 47
Cómo llegar: Metro Croix de Chavaux (línea 9), Noctambus N16 et N34
Contacto: chantier51@hotmail.fr