martes, 11 de mayo de 2010

Segunda primera experiencia parisina

Como el año pasado, me toca estar nuevamente en París por unos meses. Esta vez, estaba decidida a ser mucho más abierta a los "malos" bailarines, mucho más tolerante y a aceptar con más facilidad las invitaciones (amigos que me leen: ¡¡juro sobre San Pugliese que ésa era mi intención!!).

Tengo la gran suerte de estar alojada a lo que serían dos cuadras y media de una de las milongas de París (o más bien prácticas) que abren tres veces por semana y no cierran en todo el verano, Académie Esprit Tango, de la que ya hablé el año pasado. En ese entonces el piso era horrendo y tenían previsto cambiarlo, cosa que ya está hecha y la verdad, se transformó en un lugar muy agradable para sacarle viruta al piso. Da la casualidad también de que es una de las únicas prácticas en que se baila más tradicional, lo cual me conviene perfectamente.

Con todo eso a mi favor, pensé, esta primera noche iba a ser MI noche.

Como siempre en una milonga que no conozco, me siento a mirar la pista para ver con quién se puede bailar y con quién no. Por supuesto que eso, los franceses mucho no lo entienden. Ni bien me senté en uno de los bancos que bordean la pista, me empezaron a sacar, sin haberme visto bailar ni siquiera una vez.

Yo, muy amablemente (¡lo juro!) respondía que no, gracias, por ahora no.

- el primero se me sentó al lado y me dijo: "Entonces la que viene"
- el segundo me sacó durante la cortina, sin saber qué tanda venía
- el tercero me preguntó: "¿Cómo que no?"
- el cuarto también me sacó durante la cortina
- y así...

Yo, mientras tanto, observaba. Y lloraba internamente. O sea, no nos confundamos: sigue siendo increíblemente emocionante escuchar tango desde la ventana de un edificio parisino y ver que esta danza se volvió universal. Pero digo... realmente, a veces, lo que se baila no puede ser calificado de tango. Ya no hablo de si es tango nuevo o viejo o adolescente. Simplemente no es tango.

Y precisamente había uno que era el peor de los peores. Su abrazo, a veces, era de rock o de cualquier otra cosa rara. Se llevaba por delante a su partenaire como si directamente no estuviera allí, y no lo vi marcar un solo paso de tango.

Había otro que no me disgustaba como bailaba, y otro que francamente me parecía interesante (al piso, lindo abrazo, elegante, parecía divertido). Sólo que en mis 40 minutos de observación, ninguno de ellos abandonaron ni una sola vez la pista entre tanda y tanda ni cambiaron una sola vez de chica, con lo cual me fue imposible sacarlos.

Resulta que el que sí me sacó fue el que directamente no bailaba tango. Le digo, textualmente (sólo que en francés, que es mucho más glamour, por supuesto): "Muchas gracias, muy amable, pero no estoy bailando".

Así, ¿eh? Sin exagerar.

Bueno, pues el tipo se fue ofendidísimo refunfuñando: "Claro, imbécil, claro que me dice que no, qué se cree esta forra" (sólo que en francés, que sigue siendo mucho más glamour). No dije nada, el tipo se fue a sentar y de repente se levanta de vuelta, se me planta adelante y me empieza a insultar (siempre en francés, ya a esta altura no era tan glamour): "¿Sabe qué? [porque en Francia, aún cuando te insultan, te tratan de usted, cuando les digo que aquí todo es re-glamour...], es usted una hipócrita y me tiene podrido, yo ya la conozco bien, conozco su jueguito, yo ya sé que se hace la bailarina, pelotuda, qué se cree, decirme que no así a mí".

A todo eso, preciso que nunca en mi vida había visto a este señor.

Lo ignoré por completo, el tipo se volvió a sentar, y seguí mirando la pista. Al cabo de 50 minutos, el señor del que no me disgustaba el baile por fin estaba solo, así que lo saqué y bailé una tanda (nada uau, pero pasable).

Luego fui a por el que me gustaba, pero se estaba cambiando los zapatos para irse (eran las 22...). Así que, medio por la necesidad de acostarme temprano por un tema laboral, y medio por frustración, hice como él, me cambié los zapatos, recorrí las dos cuadras y media agradeciendo estar tan cerca (y muerta de frío, porque todos saben que la primavera en París es un fraude total), y aquí estoy, relatando mi primera noche milonguera en la Ciudad Luz.

Primera noche cuya conclusión será la misma que la del año pasado: qué larga que se va a hacer mi estancia parisina...

domingo, 18 de abril de 2010

Enganche

El otro día me tocó bailar con un chico bastante más alto que yo, y que vestía una corbata atada con una  elegante y fina pinza sobre su camisa oscura.

El tema es que como bailamos con un abrazo bien cerrado, su pinza se terminó enganchando con mi collar, dado que mi cuello le llegaba apenas a su pecho.

Cuando terminó el tango y nos quisimos separar, nos dimos cuenta de que estábamos enganchados el uno al otro.

Más allá de que no me molestó en lo más mínimo, puesto que me tocó un joven apuesto, divertido, inteligente y elegante, fue un placer escucharle decir:

"Sólo el tango tiene el poder de enganchar así a la gente".

Dedicated to A.

miércoles, 14 de abril de 2010

Soho Tango, la milonga salonera joven

Entre las tantísimas prácticas y milongas que han abierto en los últimos años en Buenos Aires, quiero destacar una que me gusta más particularmente: Soho Tango.

Se organiza desde marzo de 2007 todos los jueves en el Club Villa Malcolm, un club de barrio social y deportivo fundado en 1928 e históricamente ligado al tango: allí tocaron todas las grandes orquestas de la década de oro, así como también Pugliese y muchas más.

Se trata de una milonga joven, dinámica, más orientada al tango salón que al tango nuevo, a diferencia de Tangocool, que se organiza los viernes en el mismo lugar o El Motivo Tango, los lunes, pero a pesar de apuntar sobre todo al tango tradicional, es realmente abierta y dispuesta a mostrar cosas distintas y jóvenes parejas.

"En un principio creo que significaba, por un lado, un salón muy grande y frío que no sabíamos si íbamos a poder llenar y darle la intimidad que queríamos, y por el otro, un lugar asociado a "prácticas" de tango joven. Con el tiempo eso cambió totalmente. Pudimos apropiárnoslo y nos encanta, y descubrimos que tiene mucha historia tanguera y folklórica ya que allí tocaron todas las grandes orquestas", explica Eugenia Martínez, la fundadora de Soho Tango, junto a Mario Bournissen.

Ambos querían "abrir un espacio de tango, donde la gente viniera a encontrarse, a comer, tomar algo, y a bailar", como cuenta Eugenia. En un primer momento, en el año 2006, eligieron un salón en la calle Cabrera, a la vuelta de la Viruta, donde estuvieron un año, hasta que cerraron el fondo de comercio. Mientras estaban buscando un nuevo lugar, el presidente del Club Villa Malcolm los llamó y les propuso ocupar el lugar los jueves.

"En un principio no queríamos ir al Malcolm, porque Cabrera tenía una onda muy cálida, muy íntima, y el cambio iba a ser muy abrupto. Pero los beneficios que nos ofrecía el Malcolm eran mejores que muchos otros lugares (tamaño, precio y ubicación eran inmejorables)", cuenta Eugenia. "Al llegar al Malcolm nuestro desafío era enorme. Sabíamos que los miércoles y viernes de Tangocool funcionaban muy bien, y venir a ofrecer un día justo en el medio, no era nada fácil. Pensamos en intentar reproducir algo de lo que veníamos haciendo en Cabrera, y nos embarcamos en una inversión enorme: compramos equipos de sonido, luces, manteles, velas, portavelas. Mario construyó los faroles de la pista, compramos mesas con faroles para el patio, y otros farolitos para las columnas. En fin, nos endeudamos hasta el cuello. La idea era proponer un espacio diferente al de los demás días del Malcolm, e intentar tentar a nuestro viejo público, para que se anime al club".

Eugenia y Mario siempre estuvieron atentos a lo que la gente pedía: "La idea fue siempre recibir a la gente de una manera especial. Sobre todo cuando empezamos prestábamos mucha atención a la gente que se iba temprano y preguntábamos si algo no les había gustado. Estábamos muy atentos a que todos estén a gusto. Y hablábamos mucho al final de la milonga sobre todo lo que habíamos observado. Esto sigue sucediendo hoy en día, al final del día comentamos lo que pasó, y muchas veces surgen ideas nuevas, o cosas para mejorar o cambiar".

Últimamente, me llamó la atención que bailaran allí dos parejas bastante peculiares, en dos noches distintas: Ariadna Naveira y Greta Hekier por un lado, y luego, Octavio González y Cristhian Sosa.

Sí sí, en ese orden, ¡no me equivoqué!

No se trata de parejas gays, ni de parejas de tango a secas: son jovencísimos bailarines que, cada uno por su lado, tienen su pareja de baile (del otro sexo), pero que decidieron divertirse y mostrar algo distinto, y realmente interesante.

Vale la pena presentar a cada uno de estos cuatro jovencísimos bailarines, que forman parte de la última generación del tango.

Yo personalmente, si fuera lesbiana, estaría enamoradísima de Ariadna Naveira, de 20 años. Es hermosa, es graciosa, tiene un humor pícaro cuando baila, se ve que lo disfruta, la pasa bien, y nos contagia ese buen humor y ese disfrute. Además, considero que baila tan bien como hombre que como mujer. Sabe guiar, y sabe seguir. Una mujer completísima. ¡Sueño con bailar con ella!

Es hija de Gustavo Naveira, considerado uno de los padres del tango nuevo, aunque él rechace la etiqueta, y de Olga Bessio, una gran bailarina. Pero Ariadna encontró su propia vía y su propio estilo, y eso la hace más especial todavía, porque no se dejó aplastar por los dos gigantes que son sus padres, ni tampoco siguió fielmente sus huellas.

Su pareja, de baile y en la vida, es Fernando Sánchez, y juntos bailan de manera muy ligera, muy graciosa y muy elegante. Aquí un video en el que Ariadna baila con esa sonrisa tan entrañable.

De Greta Hekier, 22 años, no tengo mucho que decir porque no la conozco tanto, excepto que me encanta verla bailar, y que visiblemente a muchísimos hombres les encanta bailar con ella.

En este video, filmado entonces en Soho Tango en octubre pasado, Ariadna es la que está vestida toda de negro.



Octavio Fernández, por su lado, merecería una entrada aparte. Se trata de un niño de apenas 22 años. A pesar de su corta edad, ya bailó con grandes bailarinas, como Luna Palacios o Samantha Dispari. En estos momentos baila con Corina Herrera. Conozco a Octavio desde hace unos cuatro años. Lo vi dar sus primeros pasos en la pista, puedo decir que vi el nacimiento de este eximio bailarín. Es un fanático de la milonga, difícil las noches en que no se lo ve en La Viruta, Soho Tango o Loca. Hasta hace poco, solía presentarse siempre engominado, impecablemente vestido, cual viejo milonguero de los 40. Por suerte, ahora está un poco más relajado, aunque siempre elegante. Bailar con él es... tocar el cielo con las manos. La entrada en la que explico mi búsqueda del abrazo perfecto, la escribí pensando principalmente en él.

Cristhian Sosa, de 23 años, fue doble campeón del Campeonato Metropolitano de 2009: en vals y en milonga, junto con Lida Mantovani. Otro jovencísimo bailarín que no se dejó seducir por las sirenas del tango nuevo, y eligió Villa Urquiza y la esencia del tango para su formación y nuestro deleite.




Soho Tango

Club Villa Malcolm
Córdoba 5064
Jueves: clase de 21 a 22h30 a cargo de Mario Bournissen y Eugenia Martínez, y de Emiliano González, Laura Zaracho y Noelia Davini, y milonga de 22h30 a 2h30
Reservas: 1561668365
Cómo llegar: Colectivos 15, 34, 55, 140, 151, 168, o 106 y caminar unas cuadras por Córdoba

domingo, 11 de abril de 2010

Porque es inútil esperar, si la esperanza ya murió...

"¿Lo tenés? Te quiero", me escribió la persona que me enviara este tema alguna vez, deseando compartir, además de su amor, hermosas letras de tango.

Esta vez, tengo que tomarme la letra en serio.

sábado, 3 de abril de 2010

La milonga, la adicción, el amor y el desamor

Hay momentos y momentos.

Momentos en que la milonga se convierte en el centro de nuestra vida. Somos adictos, no podemos pasar una sola noche sin milonguear. No somos profesionales, no tenemos intención de serlo, pero la sola idea de perdernos una noche de milonga nos deprime al punto de angustiarnos y dejarnos intranquilos, en busca del abrazo perfecto.

Como en La Viruta, los fines de semana, a partir de las 3h30 no se paga, y dura hasta las 6, pase lo que pase por la noche (fiestas de cumpleaños, reuniones de amigos, salidas al cine...), sabemos que terminaremos la noche allí. Siempre cargamos con nuestros zapatos de tango en la cartera, y llegadas las 3 o 4 de la mañana, emprendemos el camino hacia el Templo, en la calle Armenia.

Habría que hacer un estudio sobre lo adictivo del tango, porque esto le ha sucedido a todos los que  conozco que fueron picados por el bichito del tango: la imposibilidad cuasi física de no ir a la milonga. Me ha pasado de estar en la otra punta de la ciudad un sábado a la noche en invierno en casa de una amiga, que se hagan las 2 de la mañana, que esa amiga me proponga quedarme a dormir en su casa, y que yo lo conteste: "No, gracias, tengo que ir a La Viruta", como si fuera una obligación. Era capaz de esperar el colectivo durante una hora con 2 grados de sensación térmica, con tal de cruzarme la ciudad y llegar a la milonga.

Siempre andaba con mis zapatos a cuestas. Mi casa se había convertido en un hotel de paso, donde solamente dormía y desayunaba. Me levantaba a las 10, iba a trabajar a las 12 ya vestida para la noche, trabajaba hasta las 21, me pintaba en el baño de la oficina, a las 22 iba directo a la Viruta donde tomaba las clases, y luego me quedaba en la milonga hasta las 4 o las 5 o las 6 de la mañana, dependiendo del día, dormía cuatro o cinco horas, y a la mañana siguiente, lo mismo, despertarme a las 10...

No sé cómo aguanté tanto tiempo ese ritmo. Duró más o menos tres años.

Me acuerdo de hablar con un chico que ya bailaba profesionalmente, y que me preguntaba que haría a la noche siguiente. Mi respuesta fue tajante: "Voy a las clases y luego me quedo a milonguear". Me miró con ternura y me dijo: "Ah, empezaste hace poco, ¿no? Vas a ver, ya se te va a pasar, algún día, la milonga será otra cosa".

Lo miré espantado. ¿Otra cosa? ¡Jamás! La milonga era lo único firme, estable, tangible de mi vida, y lo sería para siempre, no cambiaría nunca. Juré y perjuré que no se me pasaría nunca, que mi adicción era de por vida, y aún más: que la pareja que yo tuviera tendría que ser del ambiente del tango para poder bancárselo.

No entendía a esa gente que, un día, se enamoraba, y chau milonga. Los criticaba: "Qué pollerudo/qué sumisa, ¿entonces qué? Ahora que están en pareja se olvidaron de lo que realmente les gustaba? Qué tarados/as".

Y un día... pues un día me enamoré. Me enamoré de alguien de la milonga, sí, pero no un profesional del tango. Me enamoré con una intensidad que no había sentido en lustros. Esa persona me hacía tan, pero tan feliz, que sólo tenía ganas de una cosa: estar con él. ¿La milonga? Sííí, bueeeeno, mañana vaaamos, ¿y si mejor nos quedamos haciendo cucharita abrazaditos debajo de las frazadas? Y él estaba en la misma: prefería mil veces quedarse acurrucado entre mis brazos en posición horizontal que abrazado a mí o a otras en una pista.

Viví ese amor con una intensidad casi insólita conociéndome, yo que también había jurado que no me pondría nunca en pareja, que la soltería me sentaba muy bien, que no necesitaba a nadie a mi lado, que no quería comprometerme con nadie, que nadie me sacaría del tango ni me alejaría de la milonga.
Un día, llegó ÉL, me enamoré, se enamoró, y mis convicciones, mis afirmaciones, mis declaraciones,  mis certezas, se fueron a freír churros en un santiamén. Ese hombre me voló la cabeza como nadie.

Y de golpe, sin que me diera cuenta de ello, nos volvimos esas parejas que yo tanto había criticado: desaparecimos de la milonga. El tango ya no era el centro de nuestras vidas. Ahí entendimos que la adicción al tango es mucho más que eso: en realidad, lo que se busca con desesperación en la milonga es el contacto humano. Compañía. Abrazo. Calor. Porque en general la gente que empieza a bailar tango es soltera: necesita ese contacto.

Cuando nos ponemos en pareja y que recibimos de nuestro compañero o nuestra compañera ese contacto, esa compañía, ese calor, ya no necesitamos ir a buscarlo en el abrazo del tango.

La milonga se vuelve una opción de salida. Nuestra opción preferida, ciertamente, pero una opción al fin.

Pero nada es eterno. Así como la adicción a la milonga se deshizo en los limbos del amor, un día, la pareja también se puede deshacer en los limbos del desamor. Un día, la vida se vuelve a pensar en singular. Un día, dos seres enamorados recuerdan eso: que eran dos. Que no eran uno. Un día, se puede acabar el amor.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué pasa con la milonga? ¿Qué pasa con ese lugar en el que nos conocimos, en el que dimos nuestros primeros pasos como pareja? ¿Qué pasa al escuchar esos tangos que nos han unido y que hemos escuchado juntos desde nuestra cama transformada en milonga íntima, durmiéndonos fusionados en el amor del otro?

Cada cual lo manejará como pueda. Cada cual sabrá si puede volver a ese lugar, si puede volver a escuchar esos tangos desgarradores, si tiene ganas de cruzarse con su ex pareja y hacer como si nada. Sobre todo si a uno de los dos le quedó amor, la simple idea de que eso, cruzarse con su ex, pueda suceder, es una tortura. La idea de ver a nuestro antiguo amor tener su cuerpo pegado al de otra, y ya no al nuestro, nunca más al nuestro, nunca más acurrucados, nunca más cucharita, nunca más abrazaditos debajo de las frazadas en invierno, es tan insoportable que preferimos evitar salir a milonguear.

Para algunos, en ese momento, la milonga se vuelve a transformar por tercera vez. Aquel lugar al que juramos y re-contra-juramos que nunca dejaríamos de ir por nada en el mundo, y del que luego nos alejamos con gusto para vivir lo increíble del amor, ahora nos provoca angustias y nos saca lágrimas.


¿Qué otro lugar provoca tantas sensaciones encontradas? ¿Qué otro boliche marca tan en la carne a la gente que acude a él?

La milonga es un mundo. A veces, no nos damos cuenta de hasta qué punto la milonga es nuestro mundo. Hasta qué punto es una alegoría de nuestra vida. Hasta qué punto nos va acompañando en las etapas de la vida. Y hasta qué punto, en ese mundo, se juntan la adicción, el amor y el desamor.

sábado, 13 de marzo de 2010

La Milonga del Indio

Hay un lugar del que es preciso hablar en este momento: la Milonga del Indio.

Todos los domingos desde hace 20 años, el bailarín Pedro Benavente, más conocido como "El Indio", organiza en la plaza Dorrego de San Telmo una milonga popular, gratuita (a la gorra) y solidaria. Clases de tango, de folclore, baile, exhibiciones, todo se organiza a pulmón, gracias al aporte de algunos vecinos del barrio, de Pedro, y de lo que la gente quiera dejar: tapetes del piso, luces, equipos de música, todo se hace sin subsidio alguno, aunque se haya convertido, con el correr de los años, en una referencia absoluta de la cultura porteña y en un ícono de San Telmo. De hecho, fue declarada patrimonio histórico cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Problema: no tiene existencia legal. Y en los últimos años, el espacio ha sido invadido cada vez más por las meses de los bares y restaurantes. Parece que la cosa se está poniendo violenta, ya que los organizadores de la milonga, además, están siendo amenazados verbal y físicamente para que abandonen ese espacio.

Por lo tanto, es absolutamente vital, urgente y necesario que la Milonga del Indio tenga una existencia legal, para además poder tener acceso a subsidios.

Por eso está circulando un petitorio, que pueden encontrar aquí, con todas las explicaciones del caso.

Y por supuesto, les recomiendo esta maravillosa milonga de Buenos Aires. Mañana, 14 de marzo, bailarán, solidarizándose con la causa, Roxana Suárez, que fue pareja de baile del Indio, y Sebastián Achaval, campeón mundial de tango salón 2005. Otra razón más para ir a descubrir el lugar.


Plaza Dorrego de San Telmo, esquina de Defensa y Humberto I
Domingos a partir de las 19 horas
Organiza Pedro "El Indio" Bonavente
Cómo llegar: colectivos 22, 24, 28, 29, 33, 54, 61, 62, 64, 74, 86, 93, 111, 126, 130, 143, 152, 159

sábado, 20 de febrero de 2010

No quiero esperar a que sea bueno

Las mujeres tenemos un problema: bailar es más fácil para nosotras que para los hombres. Y sí, aunque no lo crean, es un problema. Porque cuando somos principiantes y bailamos con hombres que nos parecen muy buenos, en un santiamén superamos su nivel y ya no nos empiezan a parecer tan buenos. Es más, rápidamente nos empiezan a parecer malíííísimos o a aburrir, porque nuestra evolución es muchísimo más rápida. ¿Por qué? Porque el papel de seguidor es más fácil técnicamente que el papel de líder, así de simple.

Y bueno, hoy una amiga mía ilustró a la perfección esa problemática. Ella empezó a bailar hace ya unos meses, y hace poco, empezó a salir con un chico, que no baila, pero que expresó el deseo de aprender también para poder compartir eso con ella.

Y ella me contó: "Es que yo no quiero bailar con él. Porque el tema es que no quiero esperar a que sea bueno".

Definitivamente, la milonga es cruel.

domingo, 31 de enero de 2010

La milonga en su más pura esencia

Hace unos meses viví una de las experiencias más gratificantes de mi vida tanguera: el descubrimiento de una auténtica, verdadera, increíble milonga: la Milonga del Morán.


Estuve pensando algún tiempo en si hacer una entrada o no al respecto. ¿Por qué? Porque sé que este blog es leído por muchos turistas, y tuve miedo a que, de ser invadida por ellos, la milonga perdiera su característica principal: la de ser una milonga de barrio.

Imposible no pensar en Sunderland cuando uno entra en este inmenso galpón pintarrejado con anuncios del Lava Autos Alta Tensión ("atendido por sus dueños"), la cochería Santa Magdalena ("atendida por el socio y amigo") o el supermercado Magadan. Pero las comparaciones no van más lejos. Porque si bien el Club Social y Deportivo Pedro Morán es, como su nombre lo indica, un auténtico club de barrio como lo es Sunderland Club, al mejor estilo Luna de Avellaneda, la Milonga del Morán, en el barrio de Agronomía, no tiene nada que ver con la Milonga del Mundo.

Allí, no hay joyas, no hay gomina, no hay vestidos lentejuelados ni pañuelos que salen del bolsillo, ni corbata a tono con el atuendo de la dama, ni carteras brillantes ni charol impecable. En la Milonga del Morán, hay familias, hay niños, hay vecinos del barrio, hay pizza y cerveza, hay viejos que se duermen en su silla y jóvenes que se la pasan bailando en la pista de cemento sobre la cancha de fútbol, también hay el contrario, hay una vida increíblemente rica, abundante, múltiple, ruidosa y campechana.

El Club Morán tiene más de ochenta años, y una larga historia milonguera, puesto que a principios de 1953 empezaron a funcionar bailes quincenales en los que tocaban las más famosas orquestas, como las de Juan D'Arienzo, Hector Varela, Aníbal Troilo o José Basso, entre otras, que se producían en el pequeño escenario empotrado en la pared.

En un primer momento, los organizadores, Mariano Romero, músico y milonguero, y encargado de la musicalización, Marcelo Lavergata y Lucila Bardach, pareja de baile y profesores de tango, instalaron su milonga en el Club "La Emiliana" de Villa Pueyrredón, en julio de 2009. Luego, eligieron el Club Social y Deportivo Pedro Morán. ¿Por qué ese lugar?

"Estábamos buscando más que nada un lugar que represente el espíritu de barrio y el espíritu del tango", explican. "Y el Club Morán los representa a la perfección a ambos, en ese club se respira barrio, y se respira tango. En el, '40 , en el '50 se hacían grandes bailes por donde pasaron las mayores orquestas de tango. Y también siguió siendo un reducto tanguero, en décadas posteriores cuando el tango estaba un poco olvidado. Tiene un escenario hermoso para la orquesta, que da a la cancha de fútbol que es donde realizamos la milonga.  Nuestra milonga siempre tiene una exhibición de bailarines de primer nivel y además una orquesta en vivo que  toca dos tandas para que la gente pueda bailar y recrear un poquito aquellos grandes  bailes. Además es fundamental para nosotros poder llevarle a la gente de los barrios la posibilidad de bailar con una orquesta en vivo con músicos excelentes y a la vez tener precios accesibles", remarcan.

Si buscan un día fijo para ir a la Milonga del Morán, no lo van a encontrar. Por ahora, se hace más o menos cada dos meses, aunque esa frecuencia también es relativa. De hecho, la última vez fue en noviembre, y la próxima se hará teóricamente el 20 de marzo (fecha a confirmar). "Priorizamos antes que nada nuestras ganas de organizarla", cuentan sus responsables. "La hacemos con mucho amor y dedicación, eso se refleja después en el resultado y en la respuesta de los amigos milongueros concurrentes. Es decir, no queremos imponernos la obligación de organizarla cada un tiempo determinado fijo, queremos sentir el placer y ese cosquilleo tan especial cuando llega el gran día de la Milonga ¡y que eso también se transmita a las personas que concurren! ¡La pensamos y la organizamos como una gran fiesta!"

(hacer clic en las imágenes para ampliarlas)

Fotos: Derechos reservados

La Milonga del Morán
Club Social y Deportivo Pedro Morán
Pedro Morán 2446 - Barrio de Agronomía
Los sábados a las 20hs (clase de tango a cargo de Marcelo y Lucila)
Tel: 4542 1418 - 15 5962 3195
Organizan Mariano Romero, Marcelo Lavergata y Lucila Bardach
Cómo llegar: colectivos 80, 87, 105, 108, 110, 111, 123, 176
Contacto: lamilongadelmoran@gmail.com

jueves, 7 de enero de 2010

Adiós a Teté

Tuve oportunidad de bailar dos veces con él. La última vez que lo vi, en La Viruta, me dijo: "A vos la próxima vez te saco".
Falleció esta madrugada en su casa, luego de pasar la velada en la milonga El Beso.
La próxima vez, será entonces cuando me reúna con él y tantos otros en la gran milonga de la vida.

jueves, 29 de octubre de 2009

Personajes de la milonga

En la milonga pululan personajes que merecen una entrada aparte. Personajes a los que todos conocen por su apodo (de hecho, ¿quién cuernos pone los apodos y cómo es que se difunden tan rápido?) y que, todas las noches, aparecen como extraños fantasmas que van y vienen...

En La Viruta, lugar que yo frecuento más a menudo, tenemos, entre otros:
  • El Viejito. Un clásico. Se trata de un señor muy, muy anciano, o en todo caso así parece, muy, muy encorvado, que camina con pasitos muy, muy cortitos, y que saca a cuanta mujer se le cruce, con un pasito de baile en el pasillo, la mano tocándose el pecho. Apenas puede levantar la cabeza de lo encorvado que está. La verdad que es muy enternecedor el Viejito. El tema es que si una rechaza la invitación, aunque sea cordialmente y con una sonrisa, el Viejito empieza a refunfuñar cosas ya no tan enternecedoras como: "Hija de puta mmpphsgrrrrmph la puta que te parió grmphmgrphmm" y sigue su camino puteando y masticando rencor entre sus dientes, hasta la mujer siguiente.
    Más de una mujer piensa que se trata de un viejo milonguero de esos que tienen nombre y apellido y acepta bailar con él. Rápidamente se da cuenta de su equivocación y pone una cara de sufrimiento que no les puedo explicar.
  • Carlitos Balá. La verdad, hace muchísimo que no lo veo, y me empieza a preocupar. ¿Qué le pasó a Carlitos Balá? ¿Alguien lo vio últimamente? Carlitos Balá es un señor que durante muchos años fue a La Viruta los fines de semana, durante la primera parte de la noche. Un tipo muy alto, siempre vestido con traje y con el corte de pelo típico de Carlitos Balá (luego se lo cambió, se hizo crecer una especie de mecha larga que le tapaba media cara, pero lo seguimos llamando así). También saca a cuanta mujer se le cruce. No conozco a ninguna mujer que no lo haya dejado plantado en medio de la tanda.
    Yo misma tuve el tremendo horror honor de bailar con Carlitos Balá. Era principiante, decía que sí a todos los que me sacaban.
    Para qué... Me apretaba de manera realmente desubicada, y me soplaba al oído cual locomotora embalada. Realmente desagradable. Como todas, después del primer tango le dije que muchas gracias, pretextando un cansancio repentino, y salí de la pista. Era la primera vez que hacía eso, realmente tenía buenos motivos...
  • El Escriba. También conocido como El Caminante. Como sus dos apodos indican, se trata de un señor que escribe y camina.
    Toma muchísimas clases de tango, en La Viruta y en otros lados, clases en las que filma a los profesores y en las que toma apuntes de manera frenética. Se la pasa filmando y escribiendo. Debe tener el archivo de clases más importante del planeta. No sé qué hará con ese material luego, pero si alguna vez se le ocurre hacer un libro o un DVD con eso, tendrá para decenas y decenas de fascículos y si se pone las pilas, se puede hacer millonario.
    Eso sí, tanto asistir a clases y anotando, visiblemente no le sirve de gran cosa, porque en la milonga, se la pasa... caminando. Da vueltas y vueltas a la pista, sin sacar a nadie. Camina con pasos de tango, marcando el ritmo, apurándose en los contratiempos, las manos en la espalda, muy concentrado, sonriendo mucho.
    Un misterio total.
  • La poeta. Para mí, de lejos, el personaje más tierno. Se trata de una mujer que camina con dificultad, apoyada en un bastón, y recorre las milongas vendiendo libros de poesías escritas por ella. Incansablemente, todas las noches, deambula entre las mesas de las milongas porteñas esperando que alguien le compre un librito. Más de una vez la vi sentada sola en un café de Palermo, mirando televisión, quizás esperando la hora propicia para hacer su tour milonguero, o al contrario descansando después de una noche de caminar y caminar con sus libritos en la mano.
¿Y ustedes? ¿Qué personajes se les ocurre de su milonga favorita?