domingo, 11 de abril de 2010

Porque es inútil esperar, si la esperanza ya murió...

"¿Lo tenés? Te quiero", me escribió la persona que me enviara este tema alguna vez, deseando compartir, además de su amor, hermosas letras de tango.

Esta vez, tengo que tomarme la letra en serio.

sábado, 3 de abril de 2010

La milonga, la adicción, el amor y el desamor

Hay momentos y momentos.

Momentos en que la milonga se convierte en el centro de nuestra vida. Somos adictos, no podemos pasar una sola noche sin milonguear. No somos profesionales, no tenemos intención de serlo, pero la sola idea de perdernos una noche de milonga nos deprime al punto de angustiarnos y dejarnos intranquilos, en busca del abrazo perfecto.

Como en La Viruta, los fines de semana, a partir de las 3h30 no se paga, y dura hasta las 6, pase lo que pase por la noche (fiestas de cumpleaños, reuniones de amigos, salidas al cine...), sabemos que terminaremos la noche allí. Siempre cargamos con nuestros zapatos de tango en la cartera, y llegadas las 3 o 4 de la mañana, emprendemos el camino hacia el Templo, en la calle Armenia.

Habría que hacer un estudio sobre lo adictivo del tango, porque esto le ha sucedido a todos los que  conozco que fueron picados por el bichito del tango: la imposibilidad cuasi física de no ir a la milonga. Me ha pasado de estar en la otra punta de la ciudad un sábado a la noche en invierno en casa de una amiga, que se hagan las 2 de la mañana, que esa amiga me proponga quedarme a dormir en su casa, y que yo lo conteste: "No, gracias, tengo que ir a La Viruta", como si fuera una obligación. Era capaz de esperar el colectivo durante una hora con 2 grados de sensación térmica, con tal de cruzarme la ciudad y llegar a la milonga.

Siempre andaba con mis zapatos a cuestas. Mi casa se había convertido en un hotel de paso, donde solamente dormía y desayunaba. Me levantaba a las 10, iba a trabajar a las 12 ya vestida para la noche, trabajaba hasta las 21, me pintaba en el baño de la oficina, a las 22 iba directo a la Viruta donde tomaba las clases, y luego me quedaba en la milonga hasta las 4 o las 5 o las 6 de la mañana, dependiendo del día, dormía cuatro o cinco horas, y a la mañana siguiente, lo mismo, despertarme a las 10...

No sé cómo aguanté tanto tiempo ese ritmo. Duró más o menos tres años.

Me acuerdo de hablar con un chico que ya bailaba profesionalmente, y que me preguntaba que haría a la noche siguiente. Mi respuesta fue tajante: "Voy a las clases y luego me quedo a milonguear". Me miró con ternura y me dijo: "Ah, empezaste hace poco, ¿no? Vas a ver, ya se te va a pasar, algún día, la milonga será otra cosa".

Lo miré espantado. ¿Otra cosa? ¡Jamás! La milonga era lo único firme, estable, tangible de mi vida, y lo sería para siempre, no cambiaría nunca. Juré y perjuré que no se me pasaría nunca, que mi adicción era de por vida, y aún más: que la pareja que yo tuviera tendría que ser del ambiente del tango para poder bancárselo.

No entendía a esa gente que, un día, se enamoraba, y chau milonga. Los criticaba: "Qué pollerudo/qué sumisa, ¿entonces qué? Ahora que están en pareja se olvidaron de lo que realmente les gustaba? Qué tarados/as".

Y un día... pues un día me enamoré. Me enamoré de alguien de la milonga, sí, pero no un profesional del tango. Me enamoré con una intensidad que no había sentido en lustros. Esa persona me hacía tan, pero tan feliz, que sólo tenía ganas de una cosa: estar con él. ¿La milonga? Sííí, bueeeeno, mañana vaaamos, ¿y si mejor nos quedamos haciendo cucharita abrazaditos debajo de las frazadas? Y él estaba en la misma: prefería mil veces quedarse acurrucado entre mis brazos en posición horizontal que abrazado a mí o a otras en una pista.

Viví ese amor con una intensidad casi insólita conociéndome, yo que también había jurado que no me pondría nunca en pareja, que la soltería me sentaba muy bien, que no necesitaba a nadie a mi lado, que no quería comprometerme con nadie, que nadie me sacaría del tango ni me alejaría de la milonga.
Un día, llegó ÉL, me enamoré, se enamoró, y mis convicciones, mis afirmaciones, mis declaraciones,  mis certezas, se fueron a freír churros en un santiamén. Ese hombre me voló la cabeza como nadie.

Y de golpe, sin que me diera cuenta de ello, nos volvimos esas parejas que yo tanto había criticado: desaparecimos de la milonga. El tango ya no era el centro de nuestras vidas. Ahí entendimos que la adicción al tango es mucho más que eso: en realidad, lo que se busca con desesperación en la milonga es el contacto humano. Compañía. Abrazo. Calor. Porque en general la gente que empieza a bailar tango es soltera: necesita ese contacto.

Cuando nos ponemos en pareja y que recibimos de nuestro compañero o nuestra compañera ese contacto, esa compañía, ese calor, ya no necesitamos ir a buscarlo en el abrazo del tango.

La milonga se vuelve una opción de salida. Nuestra opción preferida, ciertamente, pero una opción al fin.

Pero nada es eterno. Así como la adicción a la milonga se deshizo en los limbos del amor, un día, la pareja también se puede deshacer en los limbos del desamor. Un día, la vida se vuelve a pensar en singular. Un día, dos seres enamorados recuerdan eso: que eran dos. Que no eran uno. Un día, se puede acabar el amor.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué pasa con la milonga? ¿Qué pasa con ese lugar en el que nos conocimos, en el que dimos nuestros primeros pasos como pareja? ¿Qué pasa al escuchar esos tangos que nos han unido y que hemos escuchado juntos desde nuestra cama transformada en milonga íntima, durmiéndonos fusionados en el amor del otro?

Cada cual lo manejará como pueda. Cada cual sabrá si puede volver a ese lugar, si puede volver a escuchar esos tangos desgarradores, si tiene ganas de cruzarse con su ex pareja y hacer como si nada. Sobre todo si a uno de los dos le quedó amor, la simple idea de que eso, cruzarse con su ex, pueda suceder, es una tortura. La idea de ver a nuestro antiguo amor tener su cuerpo pegado al de otra, y ya no al nuestro, nunca más al nuestro, nunca más acurrucados, nunca más cucharita, nunca más abrazaditos debajo de las frazadas en invierno, es tan insoportable que preferimos evitar salir a milonguear.

Para algunos, en ese momento, la milonga se vuelve a transformar por tercera vez. Aquel lugar al que juramos y re-contra-juramos que nunca dejaríamos de ir por nada en el mundo, y del que luego nos alejamos con gusto para vivir lo increíble del amor, ahora nos provoca angustias y nos saca lágrimas.


¿Qué otro lugar provoca tantas sensaciones encontradas? ¿Qué otro boliche marca tan en la carne a la gente que acude a él?

La milonga es un mundo. A veces, no nos damos cuenta de hasta qué punto la milonga es nuestro mundo. Hasta qué punto es una alegoría de nuestra vida. Hasta qué punto nos va acompañando en las etapas de la vida. Y hasta qué punto, en ese mundo, se juntan la adicción, el amor y el desamor.

sábado, 13 de marzo de 2010

La Milonga del Indio

Hay un lugar del que es preciso hablar en este momento: la Milonga del Indio.

Todos los domingos desde hace 20 años, el bailarín Pedro Benavente, más conocido como "El Indio", organiza en la plaza Dorrego de San Telmo una milonga popular, gratuita (a la gorra) y solidaria. Clases de tango, de folclore, baile, exhibiciones, todo se organiza a pulmón, gracias al aporte de algunos vecinos del barrio, de Pedro, y de lo que la gente quiera dejar: tapetes del piso, luces, equipos de música, todo se hace sin subsidio alguno, aunque se haya convertido, con el correr de los años, en una referencia absoluta de la cultura porteña y en un ícono de San Telmo. De hecho, fue declarada patrimonio histórico cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Problema: no tiene existencia legal. Y en los últimos años, el espacio ha sido invadido cada vez más por las meses de los bares y restaurantes. Parece que la cosa se está poniendo violenta, ya que los organizadores de la milonga, además, están siendo amenazados verbal y físicamente para que abandonen ese espacio.

Por lo tanto, es absolutamente vital, urgente y necesario que la Milonga del Indio tenga una existencia legal, para además poder tener acceso a subsidios.

Por eso está circulando un petitorio, que pueden encontrar aquí, con todas las explicaciones del caso.

Y por supuesto, les recomiendo esta maravillosa milonga de Buenos Aires. Mañana, 14 de marzo, bailarán, solidarizándose con la causa, Roxana Suárez, que fue pareja de baile del Indio, y Sebastián Achaval, campeón mundial de tango salón 2005. Otra razón más para ir a descubrir el lugar.


Plaza Dorrego de San Telmo, esquina de Defensa y Humberto I
Domingos a partir de las 19 horas
Organiza Pedro "El Indio" Bonavente
Cómo llegar: colectivos 22, 24, 28, 29, 33, 54, 61, 62, 64, 74, 86, 93, 111, 126, 130, 143, 152, 159

sábado, 20 de febrero de 2010

No quiero esperar a que sea bueno

Las mujeres tenemos un problema: bailar es más fácil para nosotras que para los hombres. Y sí, aunque no lo crean, es un problema. Porque cuando somos principiantes y bailamos con hombres que nos parecen muy buenos, en un santiamén superamos su nivel y ya no nos empiezan a parecer tan buenos. Es más, rápidamente nos empiezan a parecer malíííísimos o a aburrir, porque nuestra evolución es muchísimo más rápida. ¿Por qué? Porque el papel de seguidor es más fácil técnicamente que el papel de líder, así de simple.

Y bueno, hoy una amiga mía ilustró a la perfección esa problemática. Ella empezó a bailar hace ya unos meses, y hace poco, empezó a salir con un chico, que no baila, pero que expresó el deseo de aprender también para poder compartir eso con ella.

Y ella me contó: "Es que yo no quiero bailar con él. Porque el tema es que no quiero esperar a que sea bueno".

Definitivamente, la milonga es cruel.

domingo, 31 de enero de 2010

La milonga en su más pura esencia

Hace unos meses viví una de las experiencias más gratificantes de mi vida tanguera: el descubrimiento de una auténtica, verdadera, increíble milonga: la Milonga del Morán.


Estuve pensando algún tiempo en si hacer una entrada o no al respecto. ¿Por qué? Porque sé que este blog es leído por muchos turistas, y tuve miedo a que, de ser invadida por ellos, la milonga perdiera su característica principal: la de ser una milonga de barrio.

Imposible no pensar en Sunderland cuando uno entra en este inmenso galpón pintarrejado con anuncios del Lava Autos Alta Tensión ("atendido por sus dueños"), la cochería Santa Magdalena ("atendida por el socio y amigo") o el supermercado Magadan. Pero las comparaciones no van más lejos. Porque si bien el Club Social y Deportivo Pedro Morán es, como su nombre lo indica, un auténtico club de barrio como lo es Sunderland Club, al mejor estilo Luna de Avellaneda, la Milonga del Morán, en el barrio de Agronomía, no tiene nada que ver con la Milonga del Mundo.

Allí, no hay joyas, no hay gomina, no hay vestidos lentejuelados ni pañuelos que salen del bolsillo, ni corbata a tono con el atuendo de la dama, ni carteras brillantes ni charol impecable. En la Milonga del Morán, hay familias, hay niños, hay vecinos del barrio, hay pizza y cerveza, hay viejos que se duermen en su silla y jóvenes que se la pasan bailando en la pista de cemento sobre la cancha de fútbol, también hay el contrario, hay una vida increíblemente rica, abundante, múltiple, ruidosa y campechana.

El Club Morán tiene más de ochenta años, y una larga historia milonguera, puesto que a principios de 1953 empezaron a funcionar bailes quincenales en los que tocaban las más famosas orquestas, como las de Juan D'Arienzo, Hector Varela, Aníbal Troilo o José Basso, entre otras, que se producían en el pequeño escenario empotrado en la pared.

En un primer momento, los organizadores, Mariano Romero, músico y milonguero, y encargado de la musicalización, Marcelo Lavergata y Lucila Bardach, pareja de baile y profesores de tango, instalaron su milonga en el Club "La Emiliana" de Villa Pueyrredón, en julio de 2009. Luego, eligieron el Club Social y Deportivo Pedro Morán. ¿Por qué ese lugar?

"Estábamos buscando más que nada un lugar que represente el espíritu de barrio y el espíritu del tango", explican. "Y el Club Morán los representa a la perfección a ambos, en ese club se respira barrio, y se respira tango. En el, '40 , en el '50 se hacían grandes bailes por donde pasaron las mayores orquestas de tango. Y también siguió siendo un reducto tanguero, en décadas posteriores cuando el tango estaba un poco olvidado. Tiene un escenario hermoso para la orquesta, que da a la cancha de fútbol que es donde realizamos la milonga.  Nuestra milonga siempre tiene una exhibición de bailarines de primer nivel y además una orquesta en vivo que  toca dos tandas para que la gente pueda bailar y recrear un poquito aquellos grandes  bailes. Además es fundamental para nosotros poder llevarle a la gente de los barrios la posibilidad de bailar con una orquesta en vivo con músicos excelentes y a la vez tener precios accesibles", remarcan.

Si buscan un día fijo para ir a la Milonga del Morán, no lo van a encontrar. Por ahora, se hace más o menos cada dos meses, aunque esa frecuencia también es relativa. De hecho, la última vez fue en noviembre, y la próxima se hará teóricamente el 20 de marzo (fecha a confirmar). "Priorizamos antes que nada nuestras ganas de organizarla", cuentan sus responsables. "La hacemos con mucho amor y dedicación, eso se refleja después en el resultado y en la respuesta de los amigos milongueros concurrentes. Es decir, no queremos imponernos la obligación de organizarla cada un tiempo determinado fijo, queremos sentir el placer y ese cosquilleo tan especial cuando llega el gran día de la Milonga ¡y que eso también se transmita a las personas que concurren! ¡La pensamos y la organizamos como una gran fiesta!"

(hacer clic en las imágenes para ampliarlas)

Fotos: Derechos reservados

La Milonga del Morán
Club Social y Deportivo Pedro Morán
Pedro Morán 2446 - Barrio de Agronomía
Los sábados a las 20hs (clase de tango a cargo de Marcelo y Lucila)
Tel: 4542 1418 - 15 5962 3195
Organizan Mariano Romero, Marcelo Lavergata y Lucila Bardach
Cómo llegar: colectivos 80, 87, 105, 108, 110, 111, 123, 176
Contacto: lamilongadelmoran@gmail.com

jueves, 7 de enero de 2010

Adiós a Teté

Tuve oportunidad de bailar dos veces con él. La última vez que lo vi, en La Viruta, me dijo: "A vos la próxima vez te saco".
Falleció esta madrugada en su casa, luego de pasar la velada en la milonga El Beso.
La próxima vez, será entonces cuando me reúna con él y tantos otros en la gran milonga de la vida.

jueves, 29 de octubre de 2009

Personajes de la milonga

En la milonga pululan personajes que merecen una entrada aparte. Personajes a los que todos conocen por su apodo (de hecho, ¿quién cuernos pone los apodos y cómo es que se difunden tan rápido?) y que, todas las noches, aparecen como extraños fantasmas que van y vienen...

En La Viruta, lugar que yo frecuento más a menudo, tenemos, entre otros:
  • El Viejito. Un clásico. Se trata de un señor muy, muy anciano, o en todo caso así parece, muy, muy encorvado, que camina con pasitos muy, muy cortitos, y que saca a cuanta mujer se le cruce, con un pasito de baile en el pasillo, la mano tocándose el pecho. Apenas puede levantar la cabeza de lo encorvado que está. La verdad que es muy enternecedor el Viejito. El tema es que si una rechaza la invitación, aunque sea cordialmente y con una sonrisa, el Viejito empieza a refunfuñar cosas ya no tan enternecedoras como: "Hija de puta mmpphsgrrrrmph la puta que te parió grmphmgrphmm" y sigue su camino puteando y masticando rencor entre sus dientes, hasta la mujer siguiente.
    Más de una mujer piensa que se trata de un viejo milonguero de esos que tienen nombre y apellido y acepta bailar con él. Rápidamente se da cuenta de su equivocación y pone una cara de sufrimiento que no les puedo explicar.
  • Carlitos Balá. La verdad, hace muchísimo que no lo veo, y me empieza a preocupar. ¿Qué le pasó a Carlitos Balá? ¿Alguien lo vio últimamente? Carlitos Balá es un señor que durante muchos años fue a La Viruta los fines de semana, durante la primera parte de la noche. Un tipo muy alto, siempre vestido con traje y con el corte de pelo típico de Carlitos Balá (luego se lo cambió, se hizo crecer una especie de mecha larga que le tapaba media cara, pero lo seguimos llamando así). También saca a cuanta mujer se le cruce. No conozco a ninguna mujer que no lo haya dejado plantado en medio de la tanda.
    Yo misma tuve el tremendo horror honor de bailar con Carlitos Balá. Era principiante, decía que sí a todos los que me sacaban.
    Para qué... Me apretaba de manera realmente desubicada, y me soplaba al oído cual locomotora embalada. Realmente desagradable. Como todas, después del primer tango le dije que muchas gracias, pretextando un cansancio repentino, y salí de la pista. Era la primera vez que hacía eso, realmente tenía buenos motivos...
  • El Escriba. También conocido como El Caminante. Como sus dos apodos indican, se trata de un señor que escribe y camina.
    Toma muchísimas clases de tango, en La Viruta y en otros lados, clases en las que filma a los profesores y en las que toma apuntes de manera frenética. Se la pasa filmando y escribiendo. Debe tener el archivo de clases más importante del planeta. No sé qué hará con ese material luego, pero si alguna vez se le ocurre hacer un libro o un DVD con eso, tendrá para decenas y decenas de fascículos y si se pone las pilas, se puede hacer millonario.
    Eso sí, tanto asistir a clases y anotando, visiblemente no le sirve de gran cosa, porque en la milonga, se la pasa... caminando. Da vueltas y vueltas a la pista, sin sacar a nadie. Camina con pasos de tango, marcando el ritmo, apurándose en los contratiempos, las manos en la espalda, muy concentrado, sonriendo mucho.
    Un misterio total.
  • La poeta. Para mí, de lejos, el personaje más tierno. Se trata de una mujer que camina con dificultad, apoyada en un bastón, y recorre las milongas vendiendo libros de poesías escritas por ella. Incansablemente, todas las noches, deambula entre las mesas de las milongas porteñas esperando que alguien le compre un librito. Más de una vez la vi sentada sola en un café de Palermo, mirando televisión, quizás esperando la hora propicia para hacer su tour milonguero, o al contrario descansando después de una noche de caminar y caminar con sus libritos en la mano.
¿Y ustedes? ¿Qué personajes se les ocurre de su milonga favorita?

viernes, 23 de octubre de 2009

La milonga y el amor

Después de un poco más de cuatro años de acudir a la milonga sola, de vivir una entretenida vida de milonguera soltera, estoy descubriendo las alegrías de estar en pareja con un hombre que también milonguea.

Al principio, enamoradísima, me provocaba casi orgullo entrar en la milonga agarrada de su mano, mostrando a todos mi nueva felicidad.

Después de unos meses, sigo más enamorada que nunca. Pero he constatado los límites de estar en pareja en la milonga...

Es muy simple: excepto los amigos que tengo en común con mi compañero, ya nadie me saca. Así, de golpe, de un día para el otro, me volví completamente transparente ante los otros milongueros. De repente, soy dueña de otro y, por lo tanto, intocable.

Tanto machismo me supera... Porque claro, él no la tiene tan difícil. Al ser el hombre el que saca, puede darse el lujo de tomar la iniciativa de sacar a cuantas chicas se le crucen. Por mi lado, se supone que tengo que esperar a que me saquen.

Está bien, no es solamente por machismo. Yo tampoco, si veo a un hombre sentado en una mesa con una mujer, lo voy a ir a sacar, para no interrumpir, molestar o incomodar.

Pero convengamos una cosa: el universo de la milonga es machista. Algunos milongueros me han dicho claramente que como ahora estoy en pareja, no me van a sacar más. Les pedí que por favor lo hicieran, que estaba todo bien con mi compañero, que cada uno seguía bailando con otras personas... Siguen sin sacarme.

O sea, me tengo que poner una camiseta que diga: "Disponible, autorizada por su amo a bailar con otros".

Mi pobre compañero, que no se atrevería nunca a erigirse en amo de nadie, hace lo que puede para que me sigan sacando, bailando con otras chicas, tratando de no pegarse a mí, alentándome a ir a bailar todo lo que se me cante.

Pero ése es el problema: a mí se me canta. Es a los otros a quienes no les canta...

Las dos soluciones disponibles me dan bronca: la primera sería ir a bailar sola. La segunda, ir con mi compañero, pero sentarnos en dos mesas distintas. Me han contado de parejas que lo hacen. A mí me parecería realmente patético. Pero es una realidad: cuando estoy sentada en su mesa, no me saca ni el loro. Cuando me levanto y empiezo a deambular por la milonga, se me empiezan a acercar.

Así que nada, tendré que acomodarme a la situación, sacar mi camiseta de "disponible", y hacer entender, de a poco, que no le pertenezco a nadie.
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domingo, 18 de octubre de 2009

El día de la madre (que baila tango)

La organizadora de La Milonguita, Graciela H. López, es además escritora y psicoanalista. Escribió dos libros de cuentos sobre la milonga y el tango, que yo no conocía pero que visiblemente tienen mucho que ver con la idea de mi blog. El primer libro de cuentos se llama "Secretos de una Milonguera" y fue traducido a varios idiomas.

En el día de la madre, me tomo el atrevimiento de copiar uno de estos cuentos, que me pareció fabuloso, y que se llama:
El día de la madre (que baila tango)

Me niego rotundamente a encarnar el personaje de LA MADRE.

Al menos no quiero ser esa madre tanguera sacrificada, que lavaba en el piletón, o que era una santa viejita. Sin embargo, algo de eso queda en mi alma, aunque soy una mujer actual, aunque haya lave rap, internet, celulares y tarjetas. Muy en el fondo sigo teniendo la idea de que debería estar siempre dispuesta para mis hijos, aunque ellos sean grandes, independientes y hagan su propia vida.

Sucede que el domingo es el día clave, el día familiar por excelencia, el día en que la madre de toda nuestra historia cocinaba los ravioles y a su vera se juntaba la familia.

Y hoy, además de domingo, es "Día de La Madre". Soy sensible al prejuicio social. Tengo miedo de las críticas. Fulana dejó a los hijos solos en el día de la madre y se fue a la milonga . Suena horrible ¿no? Y sin embargo ¡quiero ir a bailar!

Amo a mi familia con toda mi alma, pero no "puedo" perderme la milonga, porque allí me divierto, me siento viva y cargo "pilas" y entusiasmo para pasar feliz toda mi semana. Mientras en casa los chicos me dicen "hola vieja", en la milonga los hombres me llaman reina, diosa o bombón. Eso además de abrazarme y bailar conmigo. Es que una cosa es ser madre y otra mujer, aunque todo venga en el mismo envase.

Como es el día de la madre, este domingo invito a mis hijos a almorzar (aunque pienso que bien podrían invitarme ellos ya que es mi día). Preparo una comida exquisita, decoro la mesa y me desvivo para que todo esté bien. Les pido por favor que sean puntuales y lleguen a las 13 hs. a más tardar, porque a la nochecita "tengo" que salir.

Mi hijo y la novia llaman a las 14:15 por teléfono para avisar que se están retrasando un poco. Mi hijo menor, que aún vive conmigo, todavía no se ha levantado. Intento despertarlo, porque ya son 14:30, pero me mira como si yo hubiera cometido un crimen.

Vuelvo al comedor. A las 14:45 llama mi hija y dice que los disculpe porque se quedaron dormidos pero que "están saliendo" para acá. Picoteo un poquito de la comida, como pan, espero. Todo está listo. Son las 15. Pongo un tango para escuchar. Me arreglo el pelo para adelantar tiempo y voy preparando la ropa que me quiero poner a la noche.

A las 15:30 decido servirme la comida y empezar sola. No me importa en absoluto, lo único que quiero es no perderme el baile de la noche que empieza a las 20 hs.

Cuando estoy por comer el primer bocado, llegan todos juntos, felices, ruidosos, cariñosos, divinos. Vienen con flores y regalos, pero tardan un rato antes de acomodarse para el almuerzo. Dicen que no tienen apuro, porque recién desayunaron.

Sirvo la comida a las cuatro de la tarde. A pesar de la espera está muy rica. Nos reímos, estamos contentos, conversamos, la pasamos muy bien. A las 18 quiero servir el postre pero mi hijo mayor dice: ¡Pará mamá! ¿Qué apuro tenés? Siempre esa costumbre de sacar los platos en cuanto uno termina. Quedate a conversar.

Me quedo. Pienso en mi amiga que me va a pasar a buscar 19:45. No voy a tener tiempo para arreglarme. No importa, me pinto en el auto de ella. ¿Por qué Dios mío, el día de La Madre tiene que ser en domingo?

Se instalan en el living como si se fueran a quedar a vivir. Todos están relajados y contentos, ponen música y disfrutan de la charla porque hay tiempo y es domingo.

Al final me armo de coraje y lo digo: Chicos, yo me quiero ir un rato a bailar.

¡¿Otra vez tango?! dice mi hija ¿y no podés ir otro día? (Recuerdo vívidamente que el año anterior renuncié a la milonga y ellos se fueron a los 20 minutos, pero no lo digo). En cambio balbuceo: Sí… es decir no… sólo puedo hoy.

¿Y no podés ir más tarde?

Es que me pasan a buscar en auto , digo, ya con tono de pedirles permiso.

Pero mamá, es un día familiar ¡dejate de joder y por hoy no vayas! ¿Pero por qué corno estos pibes no entienden? Les sirvo otro café y voy disimuladamente al baño a pintarme las uñas. Me siento una desalmada, una mala madre, una loca que lo único que quiere es irse a bailar. ¡¡Y es verdad!! Ahora es lo único que quiero.

Son justo 19:45 y veo que mi nuera se ha puesto a lavar los platos. Me abalanzo y le digo que no se preocupe, que deje todo como está, que mañana yo ordeno. Insiste y al final la dejo, que se embrome.

Cuando suena el timbre, vuelvo a armarme de valor y anuncio: Chicos, me voy, cierren bien todo cuando se vayan . Todos se quedan sentados y me dicen Chau, que te diviertas, pero yo escucho un ligero tono de reproche. Alcanzo a oír a mi hija que dice Lindo día de La Madre .
Pero no me importa nada. Por fin voy a la milonga.

Graciela H. López
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sábado, 10 de octubre de 2009

La milonga y el sexo

El otro día leí una nota de la agencia EFE que decía que además de reducir el estrés, el tango eleva la líbido y el placer sexual.

En un estudio realizado en la Universidad de Frankfurt, una psicóloga colombiana, Cynthia Quiroga, asegura, después de analizar muestras de saliva de 22 parejas de bailarines de tango, que la reducción de la hormona del estrés se consigue principalmente a través de la música mientras que la subida de la testosterona es producto del baile y del contacto con el compañero.

Muchas veces mis amigos no-tangueriles me preguntan qué onda con los muchachos después de bailar torso contra torso. "No me digas que no pasa nunca nada, que solamente se va a bailar", me dicen.

Bueno, pues no. No se va solamente a bailar, obvio. Es más. La milonga es un gran quilombo. Y con esta palabra me quedo corta. Lo que se vive ahí adentro es bastante particular. No sé si se puede ir a la milonga sólo para bailar tango.

Para hombres y mujeres, es muy fácil, en ese ambiente, histeriquear, seducir, levantar, ir a "desayunar" con alguien (un clásico) y darse cuenta, un buen día, de que todas las conquistas son del mismo lugar.

Y puede llegar a ser al punto de irse con una persona distinta cada noche. Claro que las mujeres lo hacen de manera un poco más discreta, por el eterno machismo que hace de los hombres que se acuestan con muchas mujeres unos winner totales, y de las mujeres que se acuestan con muchos hombres unas atorrantas sinvergüenza.

Pero al final, es lo mismo: en la milonga, en todo caso en las milongas jóvenes (¿será lo mismo en las milongas pobladas en su mayoría por seniors?), todos y todas se acuestan con todos y todas. Al final, pasamos a ser una gran familia...

Y también, es entendible. Estar 15 minutos contra el cuerpo de alguien puede llegar a ser muy turbador. Si la otra persona no nos atrae en lo más mínimo, no pasa nada. Es más, nos desagradará "sentir" que a la otra persona sí le pasa algo, sobre todo si ese "sentir" es textual (mujeres, ¿nunca les pasó de "sentir" que su pareja se entusiasmó demasiado con el baile?).

Pero si nuestra pareja de baile nos atrae, y si esa atracción es recíproca, cuidadito que la pista se puede incendiar.

Después de la tanda, hay dos posibilidades: o la pareja termina en la cama, lisa y llanamente, o la excitación no pasa de eso, un momento de calentura agradable (y el histeriqueo puede durar meses, y puede terminar en nada).

Sabiendo todo eso, y sabiendo que todos y todas saben todo eso, ¿es posible que se armen parejas duraderas en la milonga?

Pues sí. Conozco, y varias. Quien suscribe es fiel testigo de que es posible.

Es difícil manejar el tema de los celos, por supuesto. Por lo general, las parejas "normales", digo, las que no bailan tango, no tienen que soportar varias veces por noche el espectáculo aterrador de sus parejas pegadas a sus ex con sus piernas entrelazadas, rostro contra rostro, respiración contra respiración (sí, sí, aterrador, traten de imaginarlo dos minutos y después me cuentan).

Pero con respeto mutuo, amor, cariño, confianza y muuucha comunicación dentro de la pareja, se puede sobrevivir a esta cruel experiencia.

Pregunta lógica: ¿es posible bailar con alguien de manera sensual, y hasta sexual, pero no sentirse atraído/a por esta persona fuera de la pista y que no pase absolutamente nada entre los dos una vez que se rompe el abrazo?

Nuevamente, sí. Es más, los hombres con los que más me gusta bailar, con los que me siento más a gusto en la pista, con los que más disfruto, son también, notablemente, hombres que no me atraen en lo más mínimo y con los que nunca ha pasado absolutamente nada.

Yo calculo que el estudio ése del que hablo arriba se hizo con parejas de baile que también son parejas en la vida, porque francamente, y menos mal, ¡uno/a no se calienta con cada persona con la que baila! Y ojo, también puede pasar que uno/a esté muy enamorado/a, pero no le guste bailar con su pareja.

Así que en la pista, todas las combinaciones son posibles, no está nada escrito, y no se puede sacar absolutamente ninguna conclusión viendo a dos personas bailar. Pueden ser dos amigos, dos amantes, dos desconocidos, es más, también pueden ser dos personas que se odian pero que, en la pista, sacan chispas.

Para resumir: sí, el tango elevará el deseo sexual en algunas situaciones y con alguna gente, pero esto no significa absolutamente nada. Así que a no sacar conclusiones apresuradas, que tampoco somos animales, che...

Dibujo: Copyright Julie Turconi
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