En las milongas, uno de los códigos consiste en bailar una sola tanda con una persona. Después de la tanda, se regresa a la mesa, y si se quiere bailar nuevamente con la misma persona, se espera un poquito.
Esto permite cierta rotación en las parejas, sobre todo para las personas que van solas.
Esto permite que haya rotación de bicis, y que la gente no la ate a un árbol cuando va a trabajar, inmovilizándola y no permitiendo que otra persona la use mientras tanto.
Bueno, resulta que en París, entendieron perfecto ese sistema para las bicis, pero no para la milonga.
Aquí, es muy común ver a parejas bailar tres, cuatro, cinco tandas seguidas, sin siquiera salir de la pista entre tanda y tanda. Simplemente se quedan ahí charlando durante la cortina, y siguen bailando juntxs en la tanda siguiente (sin saber lo que viene, qué orquesta, qué estilo...).
Resultado: las mujeres (porque siempre hay mayoría de mujeres) nos podemos quedar planchando toda la noche porque los cuatro tipos con los cuales queremos bailar están siendo monopolizados durante una hora seguida por otras.
Yo propongo un sistema de multas: para respetar la indiosincrasia local, se acepta hasta dos tandas seguidas. Después de dos tandas, hay que pagar 10 euros por tanda y por persona.
Quizás así empiecen a entender que la milonga es un lugar de encuentro social (dos palabras claves ahí: encuentro y social), y no una práctica o una sala de ensayo...
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Foto Gisela Passi |